La velocidad con la que Javier Milei publicó “CORPO BASURA” en X lo definió más a él que a Florencia Peña. Tardó menos de dos horas. Amenaza en Instagram incluida: “Si te metés con Messi te metés con todos”. El mismo presidente que lleva meses respaldando públicamente a un funcionario cuestionado por distintas investigaciones judiciales encontró en el error de una conductora identificada con el kirchnerismo la causa moral del día.
Hay que decirlo con todas las letras: Milei no salió únicamente a defender a Lionel Messi. Solo aprovechó la ocasión para cargar contra una figura mediática que cometió un error imperdonable porque suele ubicarse en las antípodas ideológicas de su gobierno. Son cosas distintas.
Tolerancia cero para el error ajeno
Cuando Milei escribió sobre Peña, el argumento central fue la falta de verificación de la información. “Creen que no tienen que chequear la información”, sostuvo. Es un planteo válido en una época donde las noticias falsas circulan a velocidad récord. Pero el Presidente fue más lejos y la presentó como parte de una estructura mediática que actúa con impunidad.
Lo que no explicó es por qué ese criterio parece modificarse cuando las críticas apuntan hacia integrantes de su propio espacio político. En los últimos meses, distintos voceros del oficialismo, y en particular él, cuestionaron investigaciones periodísticas y actuaciones judiciales vinculadas a funcionarios cercanos al Gobierno, denunciando supuestas operaciones políticas o mediáticas.
Así, mientras un error periodístico reconocido públicamente se convierte en símbolo de la decadencia comunicacional, las investigaciones sobre funcionarios son descalificadas como campañas de desprestigio. El concepto presidencial de chequeo parece tener una aplicación particularmente selectiva.
La presunción de inocencia y los distintos estándares
La defensa oficial del funcionario cuestionado suele apoyarse en la presunción de inocencia. Milei lo expresó con claridad cuando afirmó: “Si tuviera los dedos sucios, nadie se queda con los dedos sucios adentro de mi Gobierno”. Se trata de un principio fundamental del Estado de Derecho y nadie debería discutirlo.
Sin embargo, la comparación con el caso de Peña expone una diferencia llamativa. La conductora reconoció públicamente su error, pidió disculpas a la familia Messi y asumió las consecuencias de lo ocurrido.
Del otro lado, Manuel Adorni continúa siendo respaldado políticamente mientras los expedientes en su contra avanzan en la Justicia.
El contraste resulta inevitable: para algunos casos se exige una reacción inmediata y contundente; para otros, paciencia, prudencia y espera de resoluciones judiciales. Son criterios legítimos por separado, pero difíciles de compatibilizar cuando conviven dentro del mismo discurso político.
La frase que resumió la polémica
Durante las últimas horas circuló con fuerza una reflexión en redes sociales que sintetizó buena parte del debate público. La frase señalaba: “Para mí echar a un trabajador que se equivoca, lo reconoce, pide perdón y quiere reparar el error, es de cagón. Pero al mismo tiempo, no echar a un funcionario que le miente a la sociedad para tapar su propia corrupción, no solo es de cagón: además es de cómplice”.
La reflexión pone el foco sobre una cuestión central como es la diferencia entre la velocidad con la que el poder libertario sanciona determinados errores y la paciencia que suele exhibir cuando los cuestionamientos alcanzan a los propios.
El doble estándar como problema político
El debate de fondo no pasa por determinar si Florencia Peña merecía críticas, que obviamente sí eran necesarias. El error existió y la familia Messi reclamó responsabilidad en el tratamiento de la información, pero luego aceptó sus disculpas. Tampoco se trata de anticipar culpabilidades sobre funcionarios que todavía no cuentan con condenas judiciales.
La discusión real gira en torno a la coherencia. Si el Gobierno exige transparencia, rigor y responsabilidad como valores irrenunciables, esos principios deberían aplicarse con la misma intensidad hacia afuera y hacia adentro.
Porque cuando las reglas morales cambian según la identidad del protagonista, dejan de ser reglas y pasan a convertirse en herramientas de conveniencia política.
Y allí aparece el problema que este episodio volvió a poner sobre la mesa: no quién se equivoca, sino quién recibe el castigo y quién obtiene el beneficio de la duda.

