La consagración de la Catedral de La Plata como la campeona del Mundial de Catedrales en Instagram desató una “fiesta popular virtual” ( y debería trasladarse también al campo de lo “real” en el corto plazo) con más de 55.000 personas compenetradas votando. Pero además levantó la tapa de una “alcantarilla” nauseabunda que en este país siempre está lista para rebalsar: la del cipayismo ilustrado. Esa traba psicológica, tan típicamente argentina, de aquellos que no pueden tolerar que algo propio brille, y menos si osa competir contra el “esplendoroso mundo europeo”.

Apenas la grandiosa cuenta chilena @documentales_de_bolsillo cerró la votación dándole un aplastante 93% de los votos a nuestra joya neogótica, aparecieron los aguafiestas de siempre. Los “Grinch de las diagonales”.
Usuarios como nicolas.zoppi tardaron segundos en saltar a la yugular del festejo ajeno con un resentimiento casi tierno: “Jaja no somos campeones de nada gente. Solo de una encuesta escueta de una página hispanohablante”. Un amargo al que el folklore digital rápidamente bautizó. “¡Sos Gandalf el Gris! Ponele un poco de arcoíris a tu parcialmente nublado”, le retrucó con gracia el usuario donato.gd, mientras otra vecina le pedía que dejara de ser tan aburrido, que la vida es para divertirse y no para replanteársela en cada encuesta de redes.

El cipayo con ínfulas de guía europeo
Pero el premio mayor al cipayo con ínfulas de guía de turismo europeo se lo llevó el usuario jocamon2. Con una soberbia digna de un Lord británico desterrado en el Conurbano, posteó indignado: “¿CAMPEÓN MUNDIAL? Una cosa es ganar una votación y otra ser objetivamente la mejor catedral del mundo”. Acto seguido, nos regaló un “Top 100” copiado y pegado de algún foro de arquitectura de dudosa procedencia, donde colocó a Letrán, Notre-Dame o Florencia en el pedestal, decretando que nuestra joya de ladrillos “no entra en el top 100 mundial”.

Hay que tener mucho tiempo libre, y sobre todo, una herida abierta en el orgullo colonial, para armar una tesis académica con el único fin de explicarle a miles de vecinos alegres por qué no deberían sonreír.

El complejo de inferioridad argentino
Detrás de estos comentarios late un complejo de inferioridad crónico. Es esa insólita traba mental de muchos argentinos que caminan por Plaza Moreno pero sienten que hay una anomalía en su partida de nacimiento.

Como si tener un apellido italiano, español o francés los convirtiera en ciudadanos europeos exiliados por error del destino en suelo americano. Se creen que están pisando el barro platense por un mero “accidente de inmigración” de sus ascendientes y, por ende, su refinada sensibilidad solo puede conmoverse con el mármol renacentista de Florencia o las gárgolas parisinas.
Les cuesta creer, como escribía la usuaria fabycomar, que seamos capaces de tener algo hermoso. Por suerte, el sentido de pertenencia es más fuerte.
Como bien le respondió mariaester.flores.16: “¿No crees que somos capaces de tener la catedral más linda del mundo? El Teatro Colón está entre los 3 mejores del mundo, por ejemplo”. Y es que de eso se trata. Nuestra Catedral, esa “Colorada” o “Catedral de las Pampas” levantada con millones de ladrillos locales y el sudor de obreros inmigrantes, tiene una mística que la piedra fría de Europa jamás podrá replicar.
El orgullo por lo nuestro se celebra
Tanto les arde nuestro sentido de pertenencia que prefieren la amargura del dato técnico antes que la fiesta colectiva.

A todos ellos, que miran con asco la alegría popular de las diagonales, solo queda dedicarles el hermoso comentario de la usuaria passlore: “A llorar a la iglesia… o mejor dicho, ¡a la Catedral de La Plata!”. Nosotros, mientras tanto, nos preparamos para festejar en la plaza, porque el orgullo por lo nuestro no se debate en un museo europeo: se milita y se celebra en las calles de la ciudad más intensa dentro del país más intenso del mundo.


