En el terreno del true crime audiovisual, el mayor riesgo suele ser el exceso de estilización morbosa por encima del rigor documental. Barreda, el film de Daniela Goggi que Prime Video sumó a su catálogo, esquiva ese atajo con una puesta austera que renuncia tanto al monstruo de utilería como al héroe accidental.
La trama recorre la violencia soterrada que precedió al mediodía de 1992 en la casona de calle 48, con Luis Machín construyendo magistralmente a un Barreda opaco, distante y perturbadoramente ordinario. El guion evita el trazo grueso y elige indagar en la descomposición lenta del microclima familiar, además de la complicidad social que sostuvo esa violencia durante décadas.
La ausencia de La Plata: cuando el escenario traiciona al relato
El mayor logro formal de Goggi está en la cámara que se detiene en los espacios cerrados y en los silencios, dejando que el horror sea estructural antes que grotesco.
Ese logro convive mal con una decisión de producción que pesa sobre toda la película: el rodaje se trasladó casi por completo a Montevideo, puntualmente al barrio de Pocitos, por el esquema de “cash refund” (beneficio impositivo) y las ventajas logísticas que ofrece Uruguay.
Para el espectador platense el corte es por momentos visto como una traición. La dirección de arte reconstruye con esfuerzo la arquitectura decimonónica de la casona, pero ningún intento técnico repone el frontispicio, la luz rasante de los atardeceres de la ciudad, ni la trama de tilos que ordenan la cuadrícula en pleno centro de La Plata.
Quizas eel momento de arrojar el arma al río en la zona de Boca Cerrada de Punta Lara sea, o el mejor representado, o quizás allí sí se tomaron el trabajo de hacerlo realmente en donde fue.
La ciudad de Montevideo aporta calidad de imagen, pero no repone el ritmo urbano que convirtió a La Plata en un personaje tácito del caso Barreda desde el primer día. El resultado es una La Plata de cartón, irreconocible en los planos generales y desmentida en cada detalle que un ojo local sabe leer.
En el true crime, el paisaje funciona como evidencia y también como personaje. El trazado fundacional de La Plata, con nuestra fisonomía afrancesada, integra el imaginario colectivo que rodeó al caso desde la cobertura periodística de los noventa; rodar en otra ciudad desplaza locaciones y también desplaza la memoria visual que los platenses construyeron sobre la tragedia.
Aunque, claro está, al resto de los espectadores de fuera de la capital bonaerense eso no les mueva un pelo, al platense le hace quitar identificación y hasta credibilidad.
Tampoco respeta nombres de abogados, fiscales y jueces
El film sostiene el pacto de nombres reales con Barreda, sus víctimas y hasta con el arma homicida, pero lo rompe apenas la trama entra en el expediente judicial.
En el guion, el abogado defensor que compone Marcelo Subiotto se llama doctor Cáceres, y el fiscal que interpreta Alberto Ajaka pasa a llamarse fiscal Roitman, mientras que en el expediente real la acusación estuvo a cargo del fiscal Héctor Vogliolo y la condena del 14 de agosto de 1995 llevó la firma de los jueces Eduardo Hortel, María Cecilia Rosenstock y Pedro Luis Soria, tres apellidos que no figuran ni en el elenco ni en el material de prensa del film.
La elección de ficcionar u omitir esos nombres es porque nombrar a Barreda, a Gladys McDonald, a Elena Arreche, a Cecilia y a Adriana con sus apellidos verdaderos forma parte del pacto documental que la película reivindica desde los carteles iniciales. En cambio blindar con seudónimos o ni siquiera hacer mención de los apellidos de los abogados y del fiscal responde a un cálculo de riesgo legal más prosaico: son profesionales que pueden seguir en actividad, litigar con nombre y apellido y demandar por daños si sienten que su actuación quedó retratada de manera injusta.
El resultado es una asimetría incómoda para una ficción que se jacta de rigor documental: los muertos y el condenado quedan expuestos con su identidad completa, mientras que los operadores del sistema que sostuvo durante años la figura del “marido humillado” (jueces, fiscal, defensa) desaparecen detrás de apellidos inventados, justo el engranaje institucional que la propia película señala como responsable de haber convertido a un femicida en mártir.
Entre el mérito narrativo y la deuda con lo local
Más allá del corrimiento geográfico y de personajes fundamentales en la trama real, la película acierta al despegarse del morbo periodístico que rodeó al caso en su momento: reconstruye el crimen para exhibir cómo la violencia machista se filtra en las fisuras de la clase media bonaerense, sin buscar shock ni redención.
Queda planteada la pregunta incómoda para la industria: ¿cuánto true crime argentino seguirá filmándose fuera de los escenarios que le dieron sentido, mientras el “cash refund” uruguayo sigue siendo más rentable que la memoria del lugar donde ocurrió el horror?

