A seis décadas de los anuncios y medidas que decretaron la supresión definitiva del servicio de tranvías y trolebuses en La Plata, la decisión publicada por la cuenta de Facebook e Instagram “Misterios de la ciudad de La Plata” reabre un debate ineludible en el ámbito del urbanismo y la movilidad sustentable.
Aunque en las redes sociales suele circular la fecha de septiembre como el punto de inflexión por la firma de los decretos y los titulares de la época, la historia exacta registra que el cese efectivo en las calles ocurrió en la Navidad de 1966, cuando el coche 114 de la Línea 25 guardó en los galpones de 20 y 50 a las 22:55.
Aquella noche se apagó un sistema pionero en el continente, iniciado en 1884 a solo dos años de la refundación de la ciudad y que supo tejer una trama impecable que unía el casco urbano con Berisso, Ensenada y el puerto a través de históricas líneas de tranvías y trolebuses.
La ilusión del progreso a combustión
Analizada en su propio tiempo, la supresión del tranvía no fue una “excentricidad local”, sino la alineación con un paradigma global de posguerra que ensalzaba al petróleo y al colectivo a combustión como los máximos símbolos de progreso, agilidad y modernidad.

Frente a la rigidez de los rieles y bajo el argumento de las autoridades sobre las pérdidas económicas del sistema público y el obstáculo que representaban las catenarias para el avance del automóvil particular, el desmantelamiento de la red fue presentado ante la sociedad como un paso inevitable “hacia el futuro”.
El diagnóstico “con el diario del lunes”
Sin embargo, al evaluar la medida con el diario del lunes, el diagnóstico urbano y ambiental demuestra que la decisión fue apresurada y miope.
La Plata, diseñada con avenidas anchas, bulevares y diagonales idóneas para el transporte guiado, cambió un sistema eléctrico y no contaminante por un monopolio de colectivos a gasoil.
Seis décadas después, las consecuencias se traducen en un incremento notable de la contaminación ambiental y sonora, la pérdida de una infraestructura millonaria que fue tapada por asfalto (muchos rieles continúan en las calles aún en la actualidad), y un colapso del tránsito que un sistema de transporte masivo sobre rieles habría mitigado sustancialmente.
Un contrapunto con el mapa global
El contraste internacional acentúa la paradoja de la decisión platense. Mientras en la capital bonaerense se levantaron las vías, grandes urbes europeas como Estrasburgo, Ámsterdam, Praga o Zúrich mantuvieron sus redes o las reinauguraron con tecnología de vanguardia, convirtiendo al tranvía moderno en la columna vertebral de la movilidad limpia.
Incluso en la región latinoamericana, ciudades como Cuenca, Medellín o Río de Janeiro han vuelto a apostar por metros ligeros y tranvías urbanos, al tiempo que la propia Universidad Nacional de La Plata intentó reparar parcialmente esta brecha histórica con la puesta en marcha del Tren Universitario.

Nostalgia y lección aprendida
En la actualidad, la opinión de los platenses y especialistas coincide en que la eliminación del tranvía sepultó una de las ventajas urbanísticas más avanzadas que tuvo la capital provincial.
Lo que en la década de 1960 se vendió como un triunfo del progreso hoy se observa con nostalgia y lección aprendida, confirmando que la pérdida del transporte eléctrico dejó una deuda de movilidad que la ciudad todavía intenta resolver.


