*Por Miguel Ángel Russo, Psiquiatra Deportivo y ex presidente del club Atenas
Por un momento, dejemos de lado las versiones, las especulaciones y todo aquello que rodeó la final. Centremos la atención únicamente en la Selección Argentina. En las imágenes. En los gestos. En la actitud.
Vale la pena detenerse a mirar las fotos, revisar las secuencias del partido, comparar lo ocurrido en la semifinal con lo que se vio en la final. Allí aparece un contraste que, al menos desde mi mirada, resulta imposible de ignorar.
¿Dónde quedó la intensidad que había acompañado al equipo durante toda la Copa del Mundo? ¿Qué pasó con esa pasión, esa concentración y esa entrega que hicieron de la Selección un grupo capaz de emocionar a millones de argentinos?

Durante todo el torneo se vio un equipo convencido, competitivo y emocionalmente conectado con cada partido. En la final, en cambio, la sensación fue otra. La imagen que dejaron muchos de sus protagonistas fue la de un equipo contenido, incómodo, confundido. Como si hubiera una preocupación que trascendiera lo estrictamente futbolístico.
Hay señales que no necesitan palabras. En ocasiones, la comunicación más fuerte es la que se expresa a través de los gestos, las miradas y las posturas. Y eso, precisamente, es lo que invitan a observar las imágenes de aquella jornada.
Uno de los momentos más llamativos fue la ceremonia de premiación. Más allá de cualquier discusión sobre protocolos o gestos de humildad, la decisión de dar la espalda a los campeones, la formación ordenada, casi inmóvil, y la ausencia de las celebraciones habituales transmitieron, al menos para quien escribe, un mensaje distinto. Como si se buscara dejar constancia de que aquello no era un cierre normal. Como un grito silencioso.
No es la primera vez que el silencio parece decir más que las declaraciones públicas. Y quizás por eso las comparaciones con otros episodios similares aparecen de manera inevitable.

La diferencia con la semifinal también resulta significativa. Antes de aquel partido se percibía un grupo enfocado, intenso y emocionalmente involucrado. En la final, esa energía parecía haberse apagado. No se trata de analizar el rendimiento futbolístico, sino de observar la expresión corporal de los jugadores y del cuerpo técnico.
Por supuesto, las razones de esa actitud solo las conocen quienes estuvieron allí. Desde afuera, cualquier explicación es necesariamente una interpretación.
Sin embargo, si hubiera que buscar una hipótesis capaz de dar sentido al conjunto de esas imágenes, mi impresión es que la actuación del equipo solo puede entenderse suponiendo la existencia de un evento extrafutbolístico de fuerte impacto emocional. Un hecho que, cualquiera haya sido su naturaleza, condicionó el estado anímico del plantel y del cuerpo técnico, sin que existiera la posibilidad de expresarlo públicamente.
Tal vez esa interpretación sea equivocada. Pero resulta difícil creer que todo lo visto durante el recorrido del Mundial y todo lo observado en la final sean simplemente una coincidencia. Las imágenes, muchas veces, también cuentan una historia. Y en este caso, para quien quiera mirar con atención, parecieran decir bastante más de lo que se escuchó.

