Los goles son siempre especiales. Aunque particularmente el primero siempre es distinto. Nada se compara. Ni el grito, ni la reacción, ni el peso. Algunos jugadores tienen la mala suerte de que esos bautismos en la red gozan de poco peso en la estadística. ¿A alguien le gusta meter el 1-5 en una goleada en contra? A nadie. Ninguno se acuerda. Es como que esa “primera vez” queda postergada, como que no tuviera ese “qué se yo…” del tango. Pero Ignacio Miramón no sufrió de ese mal futbolero. Todo lo contrario: la pelota que se coló en el primer palo de Conan Ledesma ante Rosario Central fue, en efecto, valiosa por duplicado.
¿O por triplicado? En efecto, el primer gol en Gimnasia -y en su carrera- para Miramón triplicó ese punto que el equipo de Ariel Pereyra se estaba trayendo del Gigante de Arroyito. Incómodo, por un remate de Jaminton Campaz que entró inexplicablemente en un lugar incómodo para Nelson Insfrán, de buen partido. Todo estaba dado. Escenografía, suspenso, acción. Todo. Y Nacho lo logró. Vio cómo Agustín Colazo encaró, enganchó, gambeteó y perdió la pelota. Pero, lo dicho: algo iba a pasar. Y ese “algo” fue el pase/rechazo de Gastón Ávila.
El resto fue de Miramón. ¡Pum! Remate. Ahí donde indican los libros que hay ratones viviendo (¿a quién se le habrá ocurrido semejante metáfora?). Ahí, donde GELP necesitaba que apuntara. Donde ya había entrado el tiro de Nacho Fernández gracias al rebote en la espalda del arquero. Ahí, donde el destino esperaba que el pibe que se crió en Estancia, que ama al Lobo, que eligió volver porque necesitaba minutos y vaya que los está teniendo -el Lille está comprobando que fue un acierto esta cesión-, ese pibe que ya está grande pero conserva rasgos y espíritu juvenil metió el 2-1. El que cortó la sequía después de tres partidos de tropiezos dolorosos.
Es duro, el fútbol. 5.747 minutos tuvo que esperar Miramón en su carrera para meter un gol. Unos 85 partidos entre Gimnasia, Boca y Lille. Pero llegó. ¡Pum! Adentro. Para dejar de rodillas al Rosario Central de Ángel Di María, el Fideo ovacionado en el Bosque que se había llevado dos victorias en el último par de visitas a La Plata. Casi poético lo de Miramón, que de algún modo vengó aquellas caídas -la última, inexplicable: GELP había jugado mejor- y logró revertir la tendencia negativa que había comenzado en el Clásico Platense y se había extendido a la Copa Argentina y al siguiente partido, ante Gimnasia de Mendoza.
“Veníamos dolidos pero pudimos sacarlo adelante en una cancha difícil, ante un rival complicado con muy buenos jugadores”, dijo Miramón. El que apenas entró al vestuario, donde sus compañeros ya celebraban, se abrazó cálidamente con el Pata. Otro que entiende lo que significa jugar en Gimnasia. Una felicitación acompañada de alivio, de sensaciones de paz y de resiliencia. De todo. Para que tuviera el cierre espontáneo y emotivo una noche. La del primer gol que, como ese gesto del deté, como ese bochazo, como esa victoria necesaria, quedarán en la memoria.

