En 2014, el Club Universitario de La Plata se encontraba en una encrucijada terminal: un concurso preventivo, una masa societaria reducida a solo 2,000 personas y un plan oficial para vender su emblemática sede náutica de Punta Lara.
Fue en ese momento cuando un movimiento de deportistas, liderado por el entonces capitán de hockey Marcelo Galland, decidió dar un paso al frente. “Nos tuvimos que meter medio a los empujones en la política institucional del club para evitar el desguace”, recuerda hoy el actual presidente del Concejo Deliberante, entrevistado por Albino Aguirre para INFOCIELO PLAY.
La estrategia de supervivencia fue contraintuitiva para los manuales de crisis. Mientras la gestión de aquel entonces proponía el achique como única salvación, los socios plantearon una visión expansiva. “Nosotros entendíamos que el club tenía que buscar una salida agrandándose y no achicándose”, explica Galland.
Ese discurso caló hondo y desembocó en una jornada histórica: “Ganamos esa asamblea 530 a 30. La comisión directiva de ese momento nos dijo: ‘mañana renunciamos, la gente quiere otro rumbo‘”.
Aquel triunfo fue apenas el comienzo de un desafío cargado de incertidumbre. “Tuvimos que decidir y dar un pasito más con mucho miedo, pero con la seguridad de que por lo menos lo íbamos a intentar”, confiesa Galland sobre los primeros días al frente de una institución que estaba en una “virtual quiebra”.

La educación como “Eje Rector” de una nueva era
Para Galland, la clave no era solo resistir la venta del patrimonio, sino transformar la naturaleza misma de la institución. En plena crisis, decidieron crear un polo educativo. “Fue medio revolucionario; algunos nos decían ‘ustedes están locos, la van a chocar a la vuelta de la esquina y el club va a tener un problema más grande'”, relata.
Sin embargo, el tiempo les dio la razón. Diez años después del inicio del jardín de infantes, el impacto es innegable. “Cambió la composición del club: pasamos de ser un club social y deportivo a ser uno donde la educación formal es un eje rector de la nueva era”, define Galland. Hoy, esa propuesta es referente regional y cuenta con “listas de espera interminables”, lo que permitió inyectar recursos genuinos para saldar deudas y retomar obras de infraestructura.
El éxito del modelo atrajo incluso a figuras mundiales. La llegada de Cacho Vigil como director estratégico de hockey fue el sello de calidad definitivo. Ante la pregunta de por qué elegir a la “U”, Vigil fue contundente: “¿Cómo no voy a venir a un club que en el peor momento de su historia eligió la educación como salida?”.
Pese a este crecimiento exponencial y la profesionalización de la gestión —donde Galland aplica sus conocimientos en control de políticas públicas—, el club se niega a perder su mística. “Estamos muy orgullosos de que el hockey y el rugby sigan siendo amateurs. Se entrena como profesional, con nutricionistas y doble turno, pero no se cobra; eso permite que un montón de valores que se desprenden del deporte amateur no se pierdan”, concluye, reafirmando la idiosincrasia de una institución que logró volver a sus épocas de gloria.

