Empezó mucho antes. Probablemente en una oficina, con una copa sobre una mesa y una decisión de AFA que transformó a Rosario Central en “Campeón de Liga” 2025 por haber terminado primero en la tabla anual. El reconocimiento se resolvió cuando ese título no estaba contemplado de esa manera al comenzar la competencia. Y ahí se abrió una puerta que después nadie supo —o quiso— cerrar.
Central no tiene la culpa de haber sido el equipo que más puntos sumó. Ese mérito deportivo existe y nadie debería borrarlo. El problema fue otro: la forma. En el fútbol argentino las formas suelen importar poco hasta que explotan. Y acá explotaron.
Ángel Di María había vuelto al país envuelto en respeto. Lo aplaudieron en varias canchas, incluso rivales. Después llegó aquella coronación de escritorio y empezó el ruido. Desde entonces, en algunos estadios los aplausos se mezclaron con insultos. No porque Fideo haya dejado de ser Di María, sino porque quedó parado, quisiera o no, en el medio de una pelea que lo excedía.
Después apareció Estudiantes
El famoso pasillo de espaldas fue la respuesta más gráfica posible. Una protesta dirigida contra AFA terminó golpeando directamente a los jugadores de Central. El propio Di María reconoció después de esta final que lo sintieron como algo personal. Y era bastante difícil sentirlo de otra manera: cuando once tipos te reciben mirando para el otro lado, no parece precisamente una invitación a tomar mate.
Pasó el tiempo, pero nadie archivó nada.
En la previa de esta Supercopa, Ignacio Ovando volvió sobre el tema y habló de falta de respeto. Marco Ruben reconoció que existía un sentimiento de revancha. En la conferencia de prensa también hubo picante. Antes esas cosas podían resultar simpáticas, parte del folclore. Ahora el problema es que detrás había demasiada nafta y demasiada gente jugando con fósforos.
A eso se suma el contexto institucional.
Desde Estudiantes existe desde hace tiempo una confrontación pública con la conducción de AFA encabezada por Claudio Tapia. Y alrededor de Central circula la sospecha, alimentada por sus críticos, de que su dirigencia mantiene una cercanía favorable con la estructura de AFA. Una sospecha no es una prueba y conviene remarcarlo. Pero en el fútbol argentino alcanza con que esa percepción exista para que cualquier lateral mal cobrado termine convertido en una sesión extraordinaria del Congreso.
Entonces llegó Santiago del Estero.
Y el partido hizo todo lo posible para confirmar que el incendio ya estaba declarado.
Estudiantes golpeó primero con Alexis Castro. Central reaccionó y encontró a Di María, que clavó un tiro libre extraordinario. Hasta ahí, fútbol.
Después entraron los señores de negro y la tecnología.
Sobre el cierre del primer tiempo, Herrera fue llamado por el VAR por la caída de Enzo Copetti ante González Pirez. Revisó la jugada y cobró penal. Di María hizo el 2-1. Fue una decisión discutida, determinante y suficiente para llevar la temperatura del partido de “caliente” a “saquen a los chicos del living”.
Pero no terminó ahí.
Estudiantes reclamó luego una segunda amarilla para Elías Verón que hubiera significado su expulsión. No llegó. Jorge Almirón entendió perfectamente el mensaje y lo sacó enseguida. Más tarde apareció otra jugada polémica: un cabezazo de Gaich y un posible contacto de la pelota con el brazo de Ovando. Herrera no sancionó penal y no fue convocado a revisar la acción.
Para entonces el arbitraje ya no conducía el partido: intentaba sobrevivirlo.
Central finalmente ganó 3-1. Y esto también hay que decirlo: ganó. Di María fue decisivo, convirtió dos goles y el equipo de Jorge Almirón aprovechó sus momentos. Criticar el arbitraje no obliga a borrar todo lo que hizo Central dentro de la cancha. Una cosa no elimina la otra.
Pero el final fue directamente un conventillo con botines.
Llegó el tercer gol, llegaron los cruces, llegaron los empujones y terminaron llegando los golpes. Suplentes, jugadores, integrantes de los cuerpos técnicos y dirigentes quedaron involucrados en un caos que se extendió hacia el túnel. Juan Sebastián Verón ingresó al campo y fue directamente contra Herrera. El partido, de hecho, ni siquiera tuvo un cierre normal.
No había muchas posibilidades de que esto terminara con abrazos y una foto familiar.
Durante meses se alimentó una pelea entre clubes, dirigentes y AFA. Hubo una copa entregada en una oficina, protestas, sanciones, pasillos de espaldas, declaraciones cruzadas y sospechas permanentes. Después pusieron a todos en una final y esperaron comportamiento escandinavo.
Era difícil.
El gran responsable institucional de haber creado este escenario es AFA. Porque cuando las reglas generan más discusiones que certezas, cuando los títulos necesitan explicaciones administrativas y cuando cada arbitraje importante termina bajo sospecha, el fútbol deja de discutir fútbol.
Después, claro, cada uno aportó lo suyo.
Estudiantes convirtió su pelea con AFA en una batalla permanente. Central tomó algunas respuestas como agravios propios. Los protagonistas calentaron la previa. Herrera y el VAR ofrecieron un arbitraje que dejó demasiado material para la polémica. Y al final apareció la violencia, que es el recurso preferido del fútbol argentino cuando ya se quedó sin argumentos.
Lo más triste es que en el medio había una final.
Central fue campeón. Di María volvió a demostrar que futbolísticamente sigue estando varios escalones por encima de la discusión. Estudiantes tuvo motivos para protestar decisiones arbitrales. Y todos terminaron hablando menos de la pelota que de todo lo demás.
El fútbol argentino tiene esa extraordinaria capacidad de organizar una fiesta y terminar discutiendo quién rompió las sillas.
Esta vez las sillas ya venían flojas desde aquella oficina.


