Que un empresario argentino admita en un medio de comunicación que durante años “estábamos robando con el precio de las cubiertas” es mucho más que una anécdota pintoresca. Tampoco pareciera ser un acto de valentía tardía.
Es, más bien, la confirmación explícita de lo que millones de usuarios ya sabían cada vez que querían comprar una cubierta para cualquier vehículo y notaban que los precios no tenían ninguna relación con la realidad.
El autor de ese sincericidio fue Roberto Méndez, dueño de la cadena de gomerías Neumen, quien aceptó sin rodeos que las cubiertas “eran carísimas, hay que reconocerlo” y que tanto empresarios locales como multinacionales se movían en “un mercado que no era real”.
El negocio “inflado”
Méndez en ningún momento mencionó que fueran errores de cálculo ni culpó a “coyunturas adversas”. Habló francamente de ganancias siderales. Y muchas.
Admitió que durante años se trabajó con márgenes de “60% o 70%”, cuando una rentabilidad “normal” (según su propio criterio) debería rondar apenas el 20%. También fue contundente al recordar que “nunca ganamos tanta plata como cuando nos permitieron hacer lo que estábamos haciendo”.
Traducido: el negocio funcionaba de maravillas mientras el mercado estaba cerrado, los precios volaban y el consumidor no tenía alternativa. Un esquema que combinó inflación, restricciones y una cómoda ausencia de controles. Nadie parecía demasiado preocupado por el impacto en el bolsillo ajeno.
“Veo bien lo de Sturzenegger cuando dice que va a obligar a todas las empresas a adecuarse a una rentabilidad normal, que sería alrededor de un 20%.“, contó al streaming Ahora Play.
La desregulación llega tarde
Con la apertura de importaciones y el nuevo clima económico, el mismo empresario que celebraba los márgenes extraordinarios hoy pide adaptación.
Ahora sostiene que las empresas deben ajustarse a una rentabilidad razonable y asegura que “si el mercado me pide cubiertas baratas, yo voy a vender cubiertas baratas”.
Eso sí: el discurso se completa con una advertencia súbita sobre la seguridad. Méndez afirmó que “una familia no puede arriesgarse con una cubierta de baja calidad”, preocupación que curiosamente no aparecía cuando los precios estaban inflados y las opciones eran escasas.
Con respecto al bajo consumo y los numerosos cierres de empresas, entre las que se encuentra la más importante del rubro en Argentina, Fate, Méndez dijo: “Tenemos que buscar una solución lo antes posible, ya mismo. El pueblo argentino ya no aguanta más. En mi empresa, por ejemplo, tuvimos que reconvertirnos de cierta forma, porque el neumático funciona como un supermercado: la gente compara precios y compra de contado”.
El aplauso desde el poder
La confesión empresaria tuvo respuesta del Gobierno. El propio presidente Javier Milei reaccionó en redes sociales con su estilo habitual, apuntando contra quienes critican el modelo y dedicándoles un mensaje sin matices:
“DEDICADO A LOS DELINCUENTES QUE HACEN DEL NACIONALISMO BARATO UNA BANDERA PARA ROBAR A LOS ARGENTINOS DE BIEN”.
La paradoja es difícil de disimular, porque mientras un empresario admite haber cobrado de más durante años, el discurso oficial elige convertir esa confesión en munición ideológica y no en una señal de alarma sobre cómo funcionaron los mercados en la Argentina inclusive durante los 2 años y meses que lleva de mandato.
Así, entre sincericidios tardíos y tuits encendidos, el episodio deja una enseñanza incómoda, porque cuando la “libertad” llega sin reglas claras, suele beneficiar primero a quienes ya hicieron la diferencia. El resto, como siempre, se entera cuando escucha la increíble confesión… y entonces mira la factura y exclama como Capusotto: “Uy, nos rompieron el or… “

