A lo largo de la historia, distintos gobiernos infiltraron protestas opositoras con agentes provocadores para generar incidentes violentos y justificar la represión.
Esta estrategia, conocida como “atentados de falsa bandera”, busca deslegitimar las manifestaciones y moldear la opinión pública en favor del poder.
Aunque muchas de estas acciones quedan en el terreno de la sospecha, en varios casos se pudo comprobar su existencia con pruebas contundentes.
Origen de la infiltración
El término “falsa bandera” proviene del ámbito militar y naval, donde se utilizaba para describir ataques disfrazados como si fueran obra del enemigo.
En la política, estas tácticas comenzaron a usarse sistemáticamente en el siglo XX, cuando los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad infiltraron organizaciones opositoras para fabricar escenarios de caos y justificar medidas represivas.
A continuación, se analizan algunos casos donde se logró comprobar el uso de esta táctica.
Protestas del G8 en Génova (2001): Policías disfrazados de anarquistas
La cumbre del G8 de 2001 en Génova, Italia, fue uno de los episodios más violentos en la historia reciente de las protestas antiglobalización.
Lo que inicialmente fueron manifestaciones pacíficas terminó en un caos absoluto, con represión feroz por parte de las fuerzas de seguridad.
Después de los disturbios, se descubrió que la policía italiana había infiltrado agentes en los grupos de protesta, disfrazándolos de anarquistas radicales.
Estas personas fueron las responsables de iniciar incendios y ataques contra edificios, lo que permitió justificar la violenta respuesta de la policía.
El caso más grave fue el asesinato del activista Carlo Giuliani, un joven manifestante que murió de un disparo en la cabeza efectuado por un carabinero.
Posteriormente, se demostró que los agentes habían colocado pruebas falsas en la Escuela Díaz-Pertini, donde se refugiaban activistas. La justicia italiana condenó a varios altos mandos policiales por la fabricación de pruebas y la brutalidad de los operativos.
Black Bloc en Canadá (2010): Policías encapuchados generando disturbios
Durante la cumbre del G20 en Toronto, Canadá, se registraron actos de vandalismo atribuidos al grupo anarquista “Black Bloc”, como la quema de autos y la destrucción de vidrieras.
Sin embargo, días después, imágenes y testimonios de varios de estos encapuchados dejaron al descubierto que en realidad eran agentes encubiertos de la policía canadiense.
El caso más contundente se produjo cuando tres hombres vestidos de negro, con mochilas y pañuelos cubriendo sus rostros, fueron confrontados por manifestantes pacíficos.
Al notar que los estaban filmando, los encapuchados intentaron retirarse y, finalmente, se refugiaron detrás de la línea policial, donde fueron protegidos por los agentes.
Este escándalo llevó a la policía a admitir que había infiltrado personal en la protesta, aunque negaron que hubieran incitado a la violencia.
Sin embargo, esta justificación fue desmentida por periodistas independientes que captaron en video a estos infiltrados generando disturbios y enfrentamientos con los propios manifestantes.
La Operación Gladio en Europa (décadas de 1960-1980): Atentados disfrazados como ataques comunistas
Si bien no se trató específicamente de la infiltración de protestas, la Operación Gladio es un antecedente clave de cómo los estados generan ataques de falsa bandera para justificar la represión.
Este operativo secreto de la OTAN, con apoyo de la CIA y agencias de inteligencia europeas, consistió en la creación de “ejércitos secretos” en distintos países de Europa Occidental para combatir “la amenaza comunista”.
Sin embargo, se descubrió que estos grupos llevaron a cabo atentados terroristas que luego se le adjudicó a organizaciones de izquierda.
Uno de los casos más emblemáticos fue el atentado en la estación de trenes de Bolonia, Italia, en 1980, que dejó 85 muertos.
Inicialmente, el ataque fue atribuido a grupos de extrema izquierda, pero con los años se descubrió que había sido obra de sectores de la ultraderecha vinculados a Gladio.
Este tipo de operaciones contribuyeron a justificar la represión de movimientos progresistas y comunistas en varios países europeos, dejando en evidencia la utilización sistemática de estrategias de falsa bandera.
Protestas en Venezuela (2017): Agentes infiltrados generando caos
Durante las manifestaciones masivas contra el gobierno de Nicolás Maduro en 2017, surgieron múltiples denuncias sobre la presencia de infiltrados del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y de la Guardia Nacional Bolivariana.
Videos y testimonios mostraron a individuos encapuchados y armados que, en medio de las protestas, comenzaban a disparar o a lanzar cócteles molotov.
En varias ocasiones, estos sujetos fueron vistos retirándose en vehículos oficiales del gobierno, lo que reforzó la hipótesis de la infiltración estatal.
Uno de los casos más llamativos fue el de un grupo de encapuchados que saqueó un comercio en Caracas.
Días después, se filtraron documentos que confirmaban que varios de ellos eran agentes del gobierno enviados para generar desorden y justificar el uso de la fuerza contra los manifestantes.
El “Caso del RAG” en Argentina (2017): Infiltrados en la marcha por Santiago Maldonado
En septiembre de 2017, miles de personas marcharon en Buenos Aires exigiendo justicia por la desaparición de Santiago Maldonado.
Al finalizar la movilización, un grupo de encapuchados comenzó a arrojar piedras contra la policía y a incendiar tachos de basura en Plaza de Mayo.
Esto llevó a una represión feroz, con decenas de detenidos. Sin embargo, días después, periodistas y testigos denunciaron que varios de estos violentos no eran manifestantes, sino agentes infiltrados.
Uno de los indicios más fuertes fue que varios de los encapuchados detenidos fueron liberados rápidamente sin ser identificados ni registrados oficialmente.
Además, algunas imágenes mostraron a estos sujetos coordinando sus movimientos con agentes uniformados.
El uso de la infiltración estatal para generar caos y justificar la represión es una estrategia recurrente en contextos de crisis política.
Si bien los gobiernos suelen negar estas acusaciones, en numerosos casos se encuentran pruebas contundentes de que las fuerzas de seguridad infiltraron protestas con el objetivo de deslegitimarlas y reprimirlas con mayor brutalidad.

Este tipo de maniobras buscan sembrar el miedo y el caos, y también intentan condicionar la percepción de la opinión pública, demonizando a la oposición y consolidando el poder del estado represor.
La vigilancia ciudadana y el periodismo de investigación continúan siendo herramientas clave para desenmascarar estas prácticas y defender el derecho legítimo a la protesta.

