Hay trayectorias políticas que desafían las leyes de la física y de la ética. Carlos Ruckauf, aquel que en 2001 dejó la gobernación bonaerense en un estado calamitoso, mientras entregaba el mando a Felipe Solá en medio del caos, encontró un nuevo nicho.
Tras años de deambular por sets de televisión como un invitado permanente de identidad indefinida, el “camaleón” aterrizó en la pantalla de la Televisión Pública de la gestión de Javier Milei.
Allí, bajo la presentación de Guillermo Andino, se presenta como un “analista internacional” cuya única función parece ser la de actuar como un repetidor de señales de la derecha estadounidense.
Portavoz del Pentágono
En sus intervenciones, Ruckauf no analiza; simplemente replica. Con una docilidad asombrosa, se dedica a transmitir los dictados de Donald Trump como si fueran verdades reveladas, sin espacio para la duda o la contraposición de visiones globales.
En sus “informes sobre el conflicto”, se regodea detallando cómo el Comando Centro de los Estados Unidos (actuando en nombre del Pentágono) cerró el paso a cualquier buque iraní.
Lo que para un periodista serio sería una perspectiva relativa, para Ruckauf es la “información absoluta”. Habla de “lugares de retención” para barcos capturados y de la confiscación de petróleo con una naturalidad que asusta, citando fuentes del Departamento de Estado como quien recibe órdenes directas.
No hay en su discurso una sola mención a la soberanía de otras naciones o a las complejidades geopolíticas que no pasen por el filtro de Washington.
El arte de no tener opinión
Resulta un bochorno periodístico observar cómo un medio público se convierte en la caja de resonancia de un exfuncionario que parece más un empleado de la embajada que un analista independiente.
Ruckauf repite que Irán debe suspender su plan nuclear por 20 años, tal como exige Trump, y describe el despliegue de portaaviones y submarinos norteamericanos con una admiración casi infantil por la “mano dura”.
Este rol de “chupa medias” de una potencia extranjera cierra el círculo de una carrera marcada por el oportunismo. Sin opinión propia y convertido en un alcahuete del discurso global dominante, Ruckauf demuestra que, para algunos, la política no es un servicio, sino un ejercicio eterno de mimetismo para mantenerse bajo los focos, aunque sea a costa de la vergüenza nacional.

