El fútbol es de todos los días. Las estrellas se agendan, pero también se revalidan. Y aquéllos que creen que los triunfos y los títulos inhiben la crítica, empiezan a coquetear con la soberbia. Estudiantes fue sometido a un baile humillante de Argentinos, y profundizó un pozo futbolístico que muchos no quisieron ver venir (incluida buena parte de la prensa que le tiene pánico a la crítica), refugiados en las tres estrellas que el ciclo de Domínguez tiene en el lomo, y que dejan al proceso mal herido en su confianza.
Como si lo conseguido fuera suficiente para creer que el tiempo iba a acomodar por sí solo los nuevos problemas de gestión que estaban a la vista, el papelón deportivo al que fue arrastrado debería poner en alerta a más de uno, porque evidentemente “los melones de este carro no se acomodan solos”.
Y como ya está dicho hasta el hartazgo en estas líneas, debido a que los protagonistas del fútbol se refugian en el más completo de los silencios, las palabras en conferencia de prensa cobran un sentido mayor, y es ahí en donde Domínguez ya había empezado a dar inéditas muestras de su desconcierto. Idénticas a las que mostró el equipo en el 0-4.

Razones de un presente que pone en jaque su ciclo
El Barba no ha podido administrar el mercado de pases más potente de la historia de Estudiantes, en donde el club ha realizado una inversión nunca antes hecha en pos de ser protagonista de todo lo que juegue en 2025, y le ha ofrecido una gama de variantes en todas las líneas difícil de encontrar en el fútbol argentino. Y los resultados están a la vista: clasificó a los octavos de regalo gracias a que se le dieron todos los resultados, y muy a pesar de los 8 partidos sin ganar en el torneo. Un gol en cuatro partidos. No volvió al triunfo después de River. Ataca pero no hace goles. Le llegan y le convierten. Se defendió contra Gimnasia en una muestra exagerada de respeto en el Bosque, y tuvo que recurrir al triple 9 para empatar sobre la hora.
Una semana después, en oposición directa, salió a buscar a Boca en la Bombonera. Hasta Ascacibar cayó en el desconcierto general. Ya entraron y salieron todos. Y mas allá de las adaptaciones de rigor que suelen tener aroma a excusa, se le terminó la fase regular del torneo y no encontró el equipo.
El triunfo ante Unión, y especialmente, la victoria aplastante sobre Racing en UNO, ya quedaron muy atrás. Parece otro equipo. Parece otro año. Allá por finales de febrero y los primeros días de marzo Estudiantes sugería otra cosa. Hoy se le animan todos. Rivales de menor jerarquía le empatan partidos que va ganando, o lo bailan equipos como Argentinos, que no le tuvo piedad. Ya agendó una derrota de local en la Copa Libertadores que lo condiciona. Y no pudo resolver un mal evidentemente propio de la metodología: se le lesionan jugadores en cantidad.
Ya entraron y salieron todos. Y mas allá de las adaptaciones de rigor que suelen tener aroma a excusa, se le terminó la fase regular del torneo y no encontró el equipo.
Pero por si esto fuera poco, el ciclo sufre de dos elementos imperdonables. Uno está ligado a la idiosincrasia del club que dirige. Mal que le pese a Domínguez, para el hincha de Estudiantes es intolerable ver que los rivales le tomen el pulso. En términos de tribuna, que al rey del Bidón le tomen la sopa, para muchos puede ser sarasa, pero para los hinchas de Estudiantes es falta de personalidad.
Mal que le pese a Domínguez, para el hincha de Estudiantes es intolerable ver que los rivales le tomen el pulso.
Un entrenador fuera de foco
El otro es la soberbia. Domínguez, como muchos protagonistas que ganan, cayó en ese pecado. Las victorias deforman. Soltó una carcajada cuando le preguntaron por el bajón del equipo y sus responsabilidades, y retrucó diciendo que esa pregunta era desubicada.
si alguien cree, como Domínguez, que en esta clasificación Estudiantes tiene algún mérito, otra vez desenfoca, porque a todas luces lo clasificaron los otros resultados.
Y para no dejar dudas de cuan desenfocado estaba, luego del empate con Tigre dijo que no estaba obligado a ganar. Sin ponerse colorado. Y de paso se enojó con un periodista de este medio porque no lo miró a la cara cuando estaba respondiendo a su pregunta. Tuvo razón, clasificó igual perdiendo 0-4, pero el golpe entró a la mandíbula: y si alguien cree, como Domínguez, que en esta clasificación Estudiantes tiene algún mérito, otra vez desenfoca, porque a todas luces lo clasificaron los otros resultados.
Tan acostumbrados a las preguntas complacientes. A no tener que darle explicaciones a nadie más que Angeleri. Tan lejos del ejercicio de sopesar las opiniones opuestas con las propias. Tanto se aislan, que brota el enojo, y ni los indudables méritos reconocidos por la totalidad del fútbol argentino lo salvan de esta paliza.
Pero lo que es peor, ni el baile al que fue sometido por el rival lo alertan de las pocas señales vitales que se le observan al equipo. La culpa no es del periodismo. A decir del Barba: borrón y cuenta nueva.

