Gimnasia no fue Gimnasia en el Clásico Platense. No logró repetir aquella imagen que había esperanzado con cortar una marca histórica de partidos sin victorias en UNO, todo por el control de juego y la consolidación colectiva que el equipo había mostrado a lo largo de las primeras fechas del Clausura. Entonces, ¿qué pasó? Ariel Pereyra tuvo su primera prueba en un derbi y no la aprobó. En buena parte por el planteo inicial, pero también por las dificultades de lectura de juego que tuvo a lo largo del encuentro, cuando las expulsiones afectaron el plan inicial.
El primer desajuste de Ariel Pereyra apareció antes del inicio del Clásico Platense. El entrenador modificó el doble nueve que venía funcionando y cambió el esquema para dejar a Auzmendi como única referencia ofensiva, acompañado por Nacho Fernández. La búsqueda no dio resultado: aun cuando el partido se jugaba 11 contra 11, Estudiantes arrancó mejor y Gimnasia recién pudo emparejarlo después de los 15 minutos. Pero siempre apostando a un partido largo, con una excesiva paciencia para hacer tiempo en cada pelota detenida (por caso, en el primer tiro libre que el capitán del Lobo ejecutó al área del Pincha, se acomodó hasta las canilleras).

La estructura elegida también condicionó la generación de peligro. Con Nacho Fernández intentando abastecer a un solo delantero, al Lobo le costó construir situaciones claras y sostenidas. Podía aparecer alguna oportunidad aislada, como la que obligó a Muslera a intervenir con una combinación entre Nacho y Auzmendi, pero el equipo no encontraba los caminos para atacar con continuidad. Porque además, sacar al delantero que mejor efectividad había tenido con dos goles en 146 minutos, le sacó poder de fuego. Un punto bajo.
La expulsión de Alexis Steimbach profundizó esos problemas. Cuando el lateral vio la roja, el encuentro todavía estaba 0-0, por lo que Pereyra tenía margen para reorganizar al equipo. Sin embargo, quedó un espacio muy grande sobre el sector derecho de Gimnasia que nunca terminó de ser controlado. Estudiantes identificó rápidamente esa debilidad, la atacó y comenzó a construir por allí su superioridad. Desde ahí, por caso, Joaquín Tobio Burgos atacó el espacio y lanzó el centro del gol de Mancuso; en el segundo tiempo, Adolfo Gaich se volcó allí en la génesis del 2-0 para descargarle la pelota a Tiago Palacios.
En ese contexto, llamó la atención que Pereyra afirmara que Gimnasia tenía cubiertas las bandas en la rueda de prensa posterior al 0-4. Y es que el desarrollo mostró algo diferente: Estudiantes encontró por afuera el terreno para lastimar, especialmente después de la salida de Steimbach. Más que una cuestión exclusivamente numérica, faltó una corrección táctica que redujera los espacios y protegiera mejor los costados. Especialmente porque había margen para mantener el cero.

La tempranera expulsión de Germán Conti en el segundo tiempo terminó de desarmar cualquier posibilidad de reacción. Las dos infracciones que derivaron en sus amarillas pueden relacionarse con la falta de ritmo del defensor. Su inclusión, por lo tanto, también formó parte de una decisión del cuerpo técnico que terminó teniendo un peso considerable en el desarrollo del clásico. No sólo desarmó el ataque, también lo hizo con una defensa que, con el pibe Cortazzo revitalizado gracias a su confianza, le venía respondiendo. Así, a la luz de los hechos, se apresuró en hacer regresar al ex Racing.
Con nueve futbolistas, el margen ya era mínimo. Pero los inconvenientes habían comenzado antes y Ariel Pereyra no logró encontrar respuestas en ninguno de los distintos escenarios del partido. Y en su primer Clásico como DT, se llevó un golpazo.

