Sentado en los estudios de Infocielo Play, Walter Barraza representante del Consejo Tonocoté, habla como un hombre que tuvo que desandar décadas de olvido para encontrarse a sí mismo. Su historia es la de millones de santiagueños que migraron forzosamente hacia el Conurbano, pero con un giro que lo devolvió a una ancestralidad de 9.000 años.
“La falta de trabajo, la falta de acceso a los servicios básicos mínimos que hay en el monte donde vivía mi familia hizo que bueno que toda esa migración por eso somos acá 18 millones en el conurbano”, relata Walter sobre su llegada a Espeleta, Quilmes, a finales de los años 60. Criado en una familia donde sus padres “no tenían esa conciencia de quiénes eran”, Walter creció creyéndose simplemente un santiagueño más en la gran ciudad.
Sin embargo, a los 47 años, algo cambió. Él lo describe como un proceso místico y profundo: “Un llamado, el llamado de la madre tierra que no hay una explicación pragmática es una cuestión de sentir y tiene que ver con una cuestión espiritual”. La chispa fue una visión de su abuela, fallecida hacía décadas, que lo empujó a la pregunta fundamental, “¿quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi historia?”.
Su camino de reconstrucción lo llevó a cruzarse con una mujer sabia mapuche que, con preguntas directas, desarmó su negación. Al contarle que su familia hablaba quichua, que sus abuelas eran teleras y sanadoras, ella fue contundente, “viste ese dicho que dice una tabla con cuatro patas es una mesa, último momento, sos indígena”. Ante la duda de Walter, la recomendación fue volver al territorio, al monte santiagueño, y dejarse llevar, “cuando vas al territorio, lo que sentís es. Y no te hagas preguntas, pues si vos te haces preguntas te va a confundir, como fui educado con lo que dice la ciencia, la cultura occidental”.
Reconstruir la identidad
Ese reencuentro con su identidad chocó de frente con la estructura de un Estado que tardó siglos en reconocerlo. Walter recuerda que, a pesar de la presencia milenaria de su pueblo, “tardamos hasta 1994 que la Constitución diga que ya estábamos, que reconozca a todos los pueblos indígenas”. Antes de esa reforma, para la ley argentina, ellos simplemente no existían como sujetos preexistentes.
Aun hoy, la lucha sigue siendo una “batalla cultural”. Walter afirma con orgullo, “nosotros decimos, somos persistentes”. Esa persistencia se nota en su conciencia, que está por encima de los papeles, “mi conciencia me dice que soy anterior a Santiago del Estero y Argentina, que soy Tonocoté”.
El documento nacional de identidad es, para él, un trámite administrativo que le permite circular, aunque incluso allí dieron una batalla simbólica hace una década, “logramos que en la foto donde vieron que decía el documento, nosotros salimos con nuestra vincha”.
Para Walter, la vincha no es un accesorio, sino un símbolo de visibilización frente a una sociedad que a veces lo mira con extrañeza. Recuerda con humor y amargura cuando colegas del fútbol lo ven dando una charla, “¿qué hacía con la vincha? ¿Te estás drogando o qué tomaste?”, le preguntan. Ante el prejuicio, él elige ser un puente.
Hoy, Walter integra el Consejo Tonocoté y la organización Opinoa, uniendo las comunidades de Salta, Jujuy y Santiago del Estero con Buenos Aires. Su dirección ya no es una calle y un número, sino su pertenencia colectiva, “cuando ponemos nuestra dirección, ponemos la dirección como comunidad indígena”. En un país que a veces se cree bajado únicamente de los barcos, Walter Barraza es el recordatorio viviente de una historia que ya llevaba milenios escrita en el barro y el telar.

