El primer apodo de Mar del Plata no fue “La Feliz” sino “La Biarritz argentina”. El dato lo rescató el creador de contenido @JOAHA45 en un proyecto de divulgación histórica que combina investigación y simulación de vuelo, y sirve para entender por qué la ciudad tiene la fisonomía que tiene.
No fue un eslogan turístico cualquiera, sino que se trató de un plan concreto de la clase alta argentina para replicar en la costa bonaerense el refinamiento de los balnearios europeos frecuentados por la realeza.

El espejo europeo
A fines del siglo XIX, las familias más ricas del país no veraneaban en la costa bonaerense: cruzaban el océano en barco para pasar la temporada en Europa. El destino elegido era Biarritz, el balneario francés que la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, había convertido en el centro de la aristocracia mundial desde 1855. De vuelta en el país, esos mismos veraneantes empezaron a soñar con un refugio de lujo propio, más cerca de casa.
Pedro Luro y el Bristol
El encargado de bajar ese sueño a tierra fue Pedro Luro, que antes de hacer fortuna en Argentina había trabajado en Biarritz y San Sebastián y conocía desde adentro los códigos de ese mundo exclusivo.
Con esa experiencia como base, el desarrollo fue rápido: en septiembre de 1886 llegó el ferrocarril a la ciudad y en enero de 1888 abrió el Hotel Bristol, considerado en su momento el más lujoso de Sudamérica. Por sus salones pasaron figuras como Carlos Pellegrini y Bartolomé Mitre, y ese solo hecho terminó de instalar a Mar del Plata en el mapa de la elite.
Palacios de utilería
Después llegó una verdadera fiebre constructiva que cambió para siempre la loma de Stella Maris. Las familias más poderosas levantaron villas y chalets de estilo normando, Tudor y pintoresquista, sin reparar en gastos: traían arquitectos, muebles, vajilla y hasta casas prefabricadas enteras directamente desde Europa.

Entre ramblas, carruajes y sombreros elegantes, la ciudad se ganó ese aire afrancesado que los diarios de la época bautizaron como “La Biarritz argentina”.
Buena parte de esas huellas sigue en pie y esconde historias poco conocidas. El Torreón del Monje, regalo del empresario Ernesto Tornquist inaugurado en 1904, se levanta como un castillo medieval sobre las rocas. La Catedral neogótica de 1905 guarda en su interior una araña de cristal Baccarat que perteneció al comedor del desaparecido Hotel Bristol. La Torre Tanque, un depósito de agua de 1943 revestido en piedra para simular un castillo Tudor, y la Villa Victoria Ocampo, una casa de madera comprada en Inglaterra y traída en barco pieza por pieza en 1912, completan ese muestrario de arquitectura disfrazada.
La Feliz, para todos
Ese modelo de exclusividad absoluta tenía fecha de vencimiento. La crisis de 1930 y la pavimentación de la Ruta 2 en 1934 marcaron el principio del fin del aislamiento aristocrático: el auto acercó la costa a sectores mucho más amplios de la sociedad y ya no hacía falta ser millonario para llegar al mar.

En 1940 empezó la demolición de la vieja rambla francesa y en 1944 el Hotel Bristol sirvió su última gran cena antes de ser rematado y demolido, en un cierre simbólico de época.
La transformación se terminó de consolidar a mediados de los años 40 con las vacaciones pagas y el turismo social que trajo el peronismo. La ciudad pasó de 380.000 visitantes en 1940 a 1.400.000 en 1955.

Las viejas mansiones dieron paso a los edificios de departamentos y la aristocrática “Biarritz argentina” se convirtió en “La Feliz”, la ciudad de todos.
Aun así, como plantea la investigación de @JOAHA45 (apoyada en autores como Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre), mirada con atención desde el aire, la huella francesa sigue ahí abajo, resistiendo el paso del tiempo.

