La derrota de Estudiantes en Sarandí sigue dando que hablar. Por la flojísima actuación del equipo de Domínguez en primera instancia, pero también por el polémico arbitraje de Nicolás Ramírez, un juez que venía de racha con el Pincha (lo dirigió en las finales de Copa Argentina y de Copa de la Liga), pero que esta vez tuvo un partido con aristas que terminaron perjudicando al conjunto albirrojo.
Entre ellas, la polémica del primer gol de Barracas (no está claro si la pelota salió o no en el lateral, pero el VAR la revisó y Meza, al fin de cuentas, se durmió). Pero lo otro que también llamó la atención fue el poco tiempo que se jugó. Sí, de los 97 minutos que duró el partido (los 90 más los siete que se adicionaron entre los dos tiempos), el tiempo neto fue de 49 minutos. Es decir, casi la mitad. Y eso, sin ser una excusa, también terminó atentando contra las chances de Estudiantes en el partido.
Por dos cuestiones básicas: la primera fue porque arrancó abajo en el marcador, ya promediando el primer tiempo (el gol de Tapia fue a los 24 minutos). Y la otra, porque en ese correr desde atrás, no tuvo continuidad de juego ni de ataques. Ojo, es cierto también que el equipo de Domínguez confundió los caminos y prácticamente no pateó al arco. Pero el partido, así de cortado y sin ritmo, también tuvo su influencia.
La diferencia de tiempo de juego entre los dos tiempos también es curiosa. Y sugestiva. En la primera etapa, por caso, se jugaron 28 minutos de los 47 en disputa (Nicolás Ramírez adicionó dos) y en el segundo, cuando a Estudiantes le empezó a correr el reloj, el tiempo neto fue de ¡21 minutos sobre 50! (adicionó cinco). Increíble.
Para que eso suceda, Ramírez no sólo cortó el partido sistemáticamente con faltas. Además, por problemas con el intercomunicador, paró el partido un total de cinco veces. Y como si fuera poco, en un momento del segundo tiempo, no sólo desaparecieron las pelotas, sino también los ¡alcanzapelotas! que dispuso Barracas para el encuentro en Sarandí.

¿Algo más? Sí, el partido tuvo seis amonestados: todos de Estudiantes. De Barracas, ninguno. Y un jugador del Pincha que salió en el entretiempo generó su propio cambio porque, de la bronca que se agarró en esa primera etapa, entró al vestuario fuera de sí. Para que no lo expulsaran, Domínguez lo sacó.
Las culpas también fueron de Estudiantes
En ese marco, en ese contexto, está claro que el Pincha equivocó el camino. Desde el planteo, pero también desde el comportamiento. Advertido de lo que podía pasar, con el antecedente de Newell’s reciente y tres jugadores suspendidos, no supo jugar el partido. No lo entendió nunca. Tampoco lo encontró. Y una vez más entró en la rosca arbitral, acumulando amonestados, fastidio e impotencia.
Si le servirá o no como aprendizaje y/o lección estará por verse. La Libertadores ofrecerá situaciones similares, sobre todo de visitante, y ahí el equipo deberá demostrar si maduró en ese sentido. Por lo pronto, y aunque anda justifica una actuación arbitral semejante (eso está mal, definitivamente, pero “naturalizado”, como dijo Eduardo Domínguez), Estudiantes volvió a caer en la trampa. Y eso, en la Copa, puede costarle más caro todavía.

