Nunca antes la sociedad dispuso de tanto conocimiento, acceso a preservativos, métodos de barrera y diagnósticos casi instantáneos. Sin embargo, la curva epidemiológica en Argentina muestra una trayectoria opuesta y alarmante. La aparente contradicción entre la abundancia de herramientas de prevención y el incremento constante de las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) plantea un escenario complejo que investigadoras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) buscan responder desde un abordaje interdisciplinario que integra la infectología, la bioquímica y las ciencias sociales.
La evolución de las cifras: del silencio estadístico al récord histórico
Para valorar la tendencia actual, resulta indispensable revisar la serie histórica del Boletín Epidemiológico Nacional, que durante el período comprendido entre 1994 y 2006, la notificación de casos mostraba valores que no superaban los 10.000 registros anuales, situando por ejemplo la tasa de sífilis en 1994 en apenas 1,3 casos por cada 100.000 habitantes.
Sin embargo, la curva comenzó a acelerarse a partir de 2015. Para el año 2019 se habían notificado 25.225 casos, casi tres veces más que cuatro años antes. La escalada continuó hasta alcanzar en 2025 el pico más alto de la serie, con 46.779 contagios informados, lo que representó un incremento del 75,6 por ciento respecto de 2022.
Frente a esta realidad, la infectóloga Silvia González Ayala advierte sobre la alta circulación de la bacteria Treponema pallidum en el país. Por su parte, la bioquímica Rosana Toro coincide con el diagnóstico preocupante y señala que, si bien el incremento de los testeos y la mejora en los sistemas de notificación explican una parte de la subida, la causa de fondo es una mayor exposición a los agentes de transmisión.
Entre la “adolescencia social” y el sesgo de riesgo en la adultez
Las estadísticas oficiales indican que el 76 por ciento de los casos de sífilis se concentran entre los 15 y los 39 años, siendo la franja de 20 a 24 la de mayor incidencia. Este perfil demográfico se corrobora en el Laboratorio de Salud Pública de la UNLP, donde la mayoría de las personas que acuden a testearse son estudiantes universitarios con un promedio de 24 años. González Ayala asocia este fenómeno con la “adolescencia social”, una etapa atravesada por un sentimiento de omnipotencia que lleva a los jóvenes a asumir que la infección es un evento lejano.
Por otro lado, el peligro se extiende hacia la adultez mayor. Muchas personas que concluyen vínculos de larga duración dejan de percibirse en riesgo, lo que deriva en diagnósticos tardíos. Asimismo, los datos revelan un patrón según el género, mientras en la juventud las tasas más elevadas corresponden a las mujeres, a partir de los 50 años la incidencia predomina ampliamente en los varones, impulsada por la tendencia a sostener relaciones con personas más jóvenes.
Diferencias de transmisión y la persistencia de los mitos
El aumento de casos expone la necesidad de precisar los mecanismos de contagio propios de cada infección. En el caso del VIH, el 98 por ciento de las nuevas transmisiones ocurre por relaciones sexuales sin protección. La infección requiere un contacto directo entre mucosas o con sangre, por lo que no se transmite por compartir mates, abrazos o besos. Además, los tratamientos actuales permiten que una persona con carga viral indetectable no contagie el virus.
La sífilis, por ejemplo, puede transmitirse ante la presencia de lesiones activas en la boca o si existe sangrado bucal al compartir el mate. En cuanto al virus del papiloma humano (VPH), se presentan variantes que generan verrugas genitales con altas tasas de reaparición y tipos oncogénicos vinculados al desarrollo de distintos tipos de cáncer. Frente al VPH, la herramienta de prevención fundamental sigue siendo la vacunación, complementada con el estudio de Papanicolaou.
De la pérdida del miedo al sida a las nuevas dinámicas vinculares
Una de las claves para entender la subida de los contagios es la transformación en la percepción de las enfermedades. González Ayala señala que durante los inicios de la epidemia del VIH, el diagnóstico estaba asociado a la muerte, lo que promovía un cuidado impulsado por el temor. Al transformarse en una condición crónica tratable con igual expectativa de vida, la prevención por miedo quedó superada, derivando en un relajamiento del uso del preservativo y en reinfecciones frecuentes de patologías curables como la sífilis.
Desde la perspectiva de las ciencias sociales, la socióloga Licia Pagnamento ofrece una lectura complementaria. La especialista argumenta que los cuidados actuales deben interpretarse en el marco de las trasformaciones de los lazos sociales. Al aplicar el concepto de “amor líquido”, describe cómo los vínculos mediados por la inmediatez o por aplicaciones de citas tienden a diluir la responsabilidad colectiva y la negociación de los cuidados. A esto se suma la “anomia“, un contexto donde las normas colectivas se debilitan y la precariedad cotidiana de las juventudes resta prioridad a la prevención en la salud sexual.
Desigualdades en el cuerpo y la importancia del cuidado colectivo
Las relaciones de poder y las diferencias de género continúan desempeñando un papel decisivo en la exposición a las ITS. La incidencia de sífilis es notablemente superior en mujeres jóvenes, una brecha alimentada por la dificultad para negociar el uso del preservativo y por el inicio de relaciones con varones de mayor edad con trayectorias sexuales previas.
Además, los síntomas en la mujer suelen pasar desapercibidos. El chancro o lesión inicial de la sífilis es indoloro y, si se localiza en el cuello uterino o la vagina, no se detecta a simple vista. Esto provoca que las pacientes consulten recién en etapas secundarias, con la bacteria ya diseminada. La demora diagnóstica entraña graves riesgos, especialmente durante la gestación, donde la sífilis no tratada se transmite al feto en el 100 por ciento de los casos.
Frente a estas barreras, los centros universitarios de testeo buscan agilizar las respuestas, logrando en muchos casos iniciar tratamientos a los pocos días de la confirmación rápida. Sin embargo, las investigadoras concluyen que la sobreinformación individual no alcanza. El abordaje requiere una construcción continua de la educación, donde las escuelas, las familias y el sistema de salud colaboren para comprender el cuidado no como una tarea solitaria, sino como un compromiso social para la protección mutua.

