En el corazón de la ciudad de Buenos Aires, donde el bullicio de la ciudad suele tapar los suspiros de los más débiles, el aire se volvió espeso y gélido. En un mercado local del barrio porteño de Caballito, la periodista platense Ana Ortiz de la señal TN, divisó una escena que se repite como una letanía en cada rincón del país.
Un hombre mayor pero no tanto, de mirada mansa y manos cansadas, escudriñando los precios con la precisión de un cirujano.
“Te veo mirando cada uno de los precios, ¿no? ¿Cómo venimos con eso?”, preguntó Ana, con esa calidez empática que la caracteriza e invita a la confesión.
La respuesta de Eduardo fue el primer puñal de realidad que advertía lo que se vendría: “Hoy en día hay que controlar todo”.
La heladera vacía
Eduardo vive sin lujos, tampoco los necesita ni los añora, su día a día se trata únicamente de la supervivencia más básica.
En su bolsa tampoco hay cortes de carne ni quesos selectos; apenas salame, mortadela y salchichón. El queso, aquel alimento que otrora habitaba las mesas argentinas, se encumbró como un objeto de deseo inalcanzable. “El queso es una fortuna”, sentenció Eduardo con una resignación que duele en los huesos, y no solo por la falta de calcio.
Ante la consulta sobre si había dejado de comprar algo puntual específicamente, el jubilado admitió, con resignación, que uno debe ir “restringiéndose” y que “las salidas o comer afuera son cosas que uno tiene que pensar mucho cuando los ingresos no avanzan”.
La charla sí avanzó ahora hacia el terreno de lo íntimo, allí donde la dignidad se quiebra.
Eduardo cobra “la mínima”, un número “abstracto” que dice mucho menos para los despachos oficiales, en donde apenas se transforma en una simple estadística
Pero para él representa el límite entre el día y la noche. Con la ayuda de su pareja y algún “rebusque” ocasional, intenta ganarle a una inflación maquillada que, debajo de la máscara dibujada, no tiene piedad.
Una comida al día
Pero el momento más desgarrador, aquel que produce una congoja difícil de digerir, llegó cuando la cronista indagó sobre su rutina alimentaria. “¿Ahora con esta compra es un ratito, ¿no? Es armarse algo para la tarde, para comer…”, deslizó. Eduardo, con una franqueza que hiela la sangre, la interrumpió: “Para la noche no, porque ya uno ni cena siquiera”.
Momento “Chavo del 8”, cuando Don Ramón o el Señor Barriga lo veían desvivirse por una “torta de jamón”, o cuando le entregó una hoja en blanco al profesor Jirafales, y al preguntarle que era eso de entregar una hoja sin escribir, le contestó “es mi desayuno diario“.
El silencio que siguió a esa frase pesó más que cualquier discurso político. “¿Una comida por día decís?”, repreguntó Ana, casi sin poder creer lo que escuchaba. “Sí… No llegás a comer dos. Yo me hago el desayuno, el almuerzo, una merienda y la cena un sandwichito. Comida elaborada, no”, explicó Eduardo.
Es el relato brutal de un hombre que trabajó toda su vida para terminar engañando al estómago con un trozo de pan antes de dormir, porque el dinero, simplemente, “no alcanza”.
Promesas sin resultados
La charla finalizó con una reflexión amarga sobre el presente. Eduardo, con una elegancia que el sistema no le devuelve, analizó la gestión actual sin necesidad de nombres propios, pero con la contundencia de los hechos: “Evidentemente a este gobierno se le fue de las manos. A lo mejor las intenciones son muy buenas, pero los resultados no son”.
Sus palabras finales resonaron como un eco de tragedia: “Si tenés que dejar de comer, de cenar, no vale la pena. No vale nada la pena”.
Mientras Eduardo se alejaba por las calles de Caballito, quedó flotando una verdad lacerante: cuando el hambre se instala en la vejez, no hay teoría económica austríaca que logre explicar el frío de una mesa vacía.

