Waldo Wolff decidió que la Argentina ya no es un país en paz. Con una frase que hiela la sangre, el actual legislador porteño sentenció: “Nosotros ya estamos en guerra con Irán”.
Esta afirmación, lanzada con una soltura alarmante ante Eduardo Feinmann en A24 pareció una celebración de lo que él llama la “honra” de plantarse frente al régimen iraní.
Bajo el paraguas del alineamiento incondicional que Javier Milei mantiene con los intereses de Estados Unidos e Israel, Wolff olvidó que su banca en la Legislatura de CABA no le otorga facultades para firmar declaraciones de guerra que involucren a toda la población.
La fe personal como brújula diplomática
La trayectoria de Wolff está marcada por su pertenencia a la DAIA y al Congreso Judío Mundial. Sin embargo, resulta inquietante la forma en que traslada sus vivencias religiosas y familiares al tablero de la seguridad nacional.
Para justificar que el país debe ser parte de una contienda en Medio Oriente, el legislador apela a su rol de padre: sostiene que vive en guerra porque hace tres décadas lleva a sus hijos a un colegio protegido por pilotes antibomba.
Es lícito que un ciudadano sienta temor, pero es temerario que un representante público convierta ese sentimiento íntimo en una política de Estado que pone a todos en la mira.
Esta visión particularista desplaza la histórica tradición de neutralidad argentina, esa misma que Wolff desprecia tildándola de “papelón” y de habernos convertido en el “hazmerreír” del mundo.
Al abrazar la idea de una “cruzada” para salvar a la civilización judeocristiana, el legislador ignora los riesgos de importar un odio milenario a un territorio que intentaba mantenerse al margen de las bombas.
La identidad personal del funcionario termina dictando una agenda exterior que ignora el consenso de una sociedad que no desea participar en batallas ajenas.
Alarma social y patrullajes preventivos
La retórica de Wolff viene acompañada de medidas que alteran el pulso de la capital del país. Bajo su influencia ideológica, cuando era ministro de seguridad porteño se elevó el nivel de alerta a “alto” ante la posibilidad de ataques terroristas.
Las palabras del legislador son una invitación a la paranoia colectiva al asegurar que el terrorismo internacional está buscando “blancos no convencionales”. Para enfrentar este fantasma, impulsó la creación de la División de Objetivos Sensibles, un cuerpo dedicado a vigilar lugares que antes formaban parte de la normalidad cotidiana.
Lo más grave de este escenario es el ninguneo a las instituciones. La Constitución Nacional es clara: solo el Congreso puede autorizar una declaración de guerra.
Wolff, sin embargo, prefiere guiarse por el “derecho a la autodefensa” de potencias extranjeras antes que por la ley fundamental del propio país. Para él, pedir neutralidad es síntoma de “no haber entendido nada”, una forma de clausurar el debate mediante el insulto, llegando incluso a tratar de “nazis” a quienes no comparten su fervor belicista.
La respuesta iraní y el peligro latente
Jugar con fuego suele terminar en incendio, y las advertencias ya llegaron desde el otro lado del mundo. El régimen de Teherán avisó que el gobierno argentino cruzó una “línea roja” y que diseñará una “respuesta proporcionada” ante lo que ven como una enemistad oficial.
Al tiempo que Wolff celebra este enfrentamiento desde la comodidad de un canal de TV porteño, la sociedad queda expuesta a las consecuencias de un alineamiento que asocia a la nación directamente con las ofensivas de Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
Argentina ya sufrió el horror en los años 90. En lugar de buscar la justicia mediante los canales diplomáticos y judiciales, Wolff propone un estado de beligerancia permanente que convierte a todos en socios de un conflicto que no pertenece a este lugar del mundo.
Sus declaraciones profundizan una grieta geopolítica que aleja de las soluciones democráticas. Y ka duda que queda flotando es ¿quién le dio permiso a un legislador de la Ciudad para rifar la tranquilidad de todo un país en nombre de sus convicciones individuales?.

