“¿También lo viejo funciona?” La pregunta, que en la exitosa ficción de Netflix basada en “El Eternauta” hablaba de resistencia y épica colectiva, hoy se cuela incómoda en la discusión sobre la salud pública argentina.
El Gobierno desde el Boletín Oficial anunció que clínicas y hospitales podrán importar equipamiento médico usado con menos trabas administrativas. La medida fue presentada por Manuel Adorni como sinónimo de eficiencia, ahorro y mejora en la calidad del sistema. Sin embargo, lejos de un avance, el anuncio deja flotando una realidad mucho más cruda: la normalización de un “fondo de olla sanitario“.
La actualización normativa de la ANMAT habilita distintas modalidades para el ingreso de equipos médicos usados o reacondicionados, con requisitos técnicos variables según el riesgo del dispositivo.
En los papeles, se trata de una flexibilización orientada a reducir costos y acelerar tiempos. En la práctica, significa que el sistema de salud argentino empieza a apoyarse en tecnología que otros países ya descartaron.
Tecnología que falla
En medicina, la tecnología no es un accesorio: es parte central de la seguridad del paciente. Un respirador, un ecógrafo o un equipo de diagnóstico por imágenes no pueden fallar, no pueden “funcionar más o menos”.
La confiabilidad, la calibración y el mantenimiento son tan importantes como la pericia del profesional que los utiliza.
La Organización Mundial de la Salud advierte que en países de ingresos medios y bajos hasta un 40% del equipamiento médico se encuentra fuera de servicio o funciona de manera deficiente, principalmente por falta de mantenimiento, obsolescencia tecnológica o carencia de repuestos.
La importación de equipos usados, sin un sistema robusto de soporte técnico, reproduce exactamente ese problema.
La idea de que “lo usado también sirve” omite un dato clave: el historial de uso de un equipo médico puede ser determinante para su desempeño futuro. Diagnósticos erróneos, tratamientos incorrectos o fallas en situaciones críticas no son hipótesis alarmistas, sino que son consecuencias documentadas de cuando se baja el estándar tecnológico en salud.
El mito del ahorro
Uno de los principales argumentos oficiales es el ahorro de costos. Pero especialistas en evaluación de tecnologías sanitarias coinciden en que el supuesto ahorro inicial suele convertirse en un gasto mayor a mediano plazo.
Equipos con fallas generan más complicaciones, prolongan internaciones y obligan a repetir estudios o procedimientos.
En países como Estados Unidos o los miembros de la Unión Europea, el uso de equipos médicos reacondicionados está permitido solo bajo controles extremadamente estrictos. La FDA exige que quienes reacondicionan asuman la misma responsabilidad legal que el fabricante original. En Europa, los dispositivos deben cumplir exactamente los mismos estándares que uno nuevo. No se trata de abaratar, sino de no poner en riesgo vidas.
En Argentina, en cambio, la flexibilización se apoya en la consigna de “menos burocracia” y más desregulación, sin explicar cómo se garantizará el mantenimiento, la capacitación del personal o la disponibilidad de repuestos en hospitales públicos ya desfinanciados.
Cuando el Estado se retira
La importación de equipos médicos usados no resuelve el problema estructural del sistema de salud, porque la falta de inversión sostenida, planificación tecnológica y fortalecimiento de la infraestructura sanitaria continúa.
Es, en todo caso, un parche que traslada la responsabilidad a hospitales y clínicas, obligados a “arreglarse como puedan” en el mercado internacional del descarte.
Mientras los países centrales renuevan tecnología para mejorar diagnósticos y tratamientos, Argentina acepta el rezago como política pública. No es modernización, es resignación. No es eficiencia, es abandono.
En materia de salud, la pregunta no debería ser si lo viejo funciona. La verdadera pregunta es por qué se acepta que a los argentinos nos alcance con lo que otros ya no quieren. Cuando un Estado baja la vara sanitaria y lo presenta como progreso, no está gestionando mejor: está admitiendo que tocó fondo. Y en salud, ese fondo de olla siempre se paga con cuerpos reales.

