Mientras desde los despachos oficiales se festejan planillas de Excel y supuestos logros macroeconómicos, en la vida real de los barrios populares la economía diaria se gestiona a los cachetazos. Un relevamiento nacional del Centro para la Integración Socio Urbana (CISUR) le pone números a una tragedia silenciosa que carcome los 6.467 barrios populares del país: casi el 80% de los hogares (el 78%) está endeudado. ¿Para comprar un auto, irse de vacaciones o renovar el celu? Nada de eso. El estudio es lapidario: el 45% de los préstamos se usa de forma exclusiva para comprar alimentos.
El informe desnuda una postal brutal que sintetiza el modelo de ajuste actual: se trabaja más, pero se gana una miseria. El principal aportante del hogar dedica en promedio 9,1 horas diarias durante 5,3 días a la semana a la actividad laboral (acumulando 1,4 empleos). Sin embargo, la precarización es absoluta: apenas el 15% tiene empleo formal en blanco (contra el 54,9% nacional). Con ingresos medianos por persona de $250.000, la mitad de la media del país, la “libertad” económica que pregona la gestión de Javier Milei se convierte en una trampa de subsistencia.
Como advierten los autores del relevamiento, Mariana Aranovich y Esteban Fernández: “El endeudamiento en los barrios populares no es un fenómeno de consumo, sino de subsistencia. Las familias se endeudan para comer, pagar servicios y tapar otras deudas, en un contexto donde los ingresos no llegan a cubrir la canasta básica. En estos barrios, el endeudamiento es la forma en que los hogares gestionan la pobreza“.
Acá es donde opera el nuevo circuito financiero de la crueldad. Ante la retirada estatal y la expulsión del sistema bancario tradicional, la supervivencia se tercerizó: el 46% de las familias se endeuda a través de aplicaciones y billeteras virtuales fintech (con tasas asfixiantes), un 36% recurre al prestamista del barrio y un 33% sobrevive a puro fiado en el almacén. Lejos de ser un compromiso menor, el 43% de los hogares endeudados destina más de la mitad de su ingreso total a pagar deudas, y más de la mitad (54%) tuvo que refinanciar lo que debía.
El resultado es un círculo vicioso de terror: las familias sacan plata para llenar la olla, pero después el 59% tiene que recortar todavía más la comida para poder abonar las cuotas. No es casualidad que el 83% de los hogares atraviese situaciones de inseguridad alimentaria y que el 82% perciba que su economía empeoró drásticamente en el último año. El impacto, además, destruye la salud mental: el 67% reporta daños en su estado de ánimo y el 52% sufre insomnio crónico.
La motosierra y la licuadora no son abstracciones técnicas de un powerpoint; se meten en los platos vacíos y asfixian el día a día de millones de laburantes. Pretender que los barrios salgan adelante sin tocar un peso de los ingresos reales, sin regular el salvajismo del crédito no bancario y sosteniendo un modelo de ajuste permanente, no es un plan económico: es empujar al abismo a la base de la pirámide social.


