El legendario exgoleador de la selección brasileña, Romário, volvió a encender la polémica en su columna semanal publicada en el medio O Dia, apuntando directamente los cañones hacia el planteamiento y la actitud del Flamengo en su reciente compromiso por Libertadores frente a Estudiantes.
Con la franqueza que lo caracterizó a lo largo de su exitosa carrera deportiva, el histórico Baixola calificó la actuación del combinado rojinegro como uno de los momentos más flojos de la semana futbolística, señalando que la falta de concentración colectiva resultó lapidaria.
En su análisis detallado, el campeón del mundo en 1994 fue lapidario al sostener que los futbolistas saltaron al césped con una actitud displicente, confiados únicamente en el peso histórico de su escudo y en la jerarquía individual de su plantilla. Según la óptica del exatacante, el Fla menospreció la complejidad táctica del adversario y jamás encontró los caminos idóneos para inquietar al fondo rival, evidenciando una alarmante escasez de profundidad ofensiva durante los pasajes clave de la eliminatoria.


La garra del Pincha frente al conformismo carioca
Por el contrario, el exjugador dedicó grandes elogios a la mentalidad competitiva exhibida por los de Alexander Medina, destacando que los futbolistas saltaron al campo dispuestos a “comerse la cancha” en cada pelota dividida. Para Romário, la entrega física, el orden táctico y la intensidad mostrada por el León sirvieron como una lección magistral sobre cómo se deben afrontar esta clase de partidos definitorios en el continente.
Asimismo, el actual dirigente deportivo remarcó que el deporte rey premia siempre a aquellos conjuntos que asumen sus compromisos con absoluta seriedad, dejando en claro que los nombres rimbombantes por sí solos no ganan partidos. En esa misma línea argumental, enfatizó que la soberbia dentro de un campo de juego se paga muy cara, sobre todo cuando se cruzan equipos estructurados que multiplican sus esfuerzos colectivos para compensar las diferencias económicas o técnicas.
Para cerrar su categórica columna, el artillero dejó una reflexión profunda sobre la paridad actual que impera en el fútbol sudamericano, advirtiendo que la diferencia la marca indefectiblemente el hambre de gloria.
La columna completa de Romário en O Dia
Esta semana demostró, una vez más, que los partidos se ganan adentro de la cancha, en el campo de juego, y no en la previa. ¡Y que la actitud de los jugadores puede marcar la diferencia!
Tuvimos dos “Maracanazos”. En el primero, el martes, Vasco salió a la cancha pensando ya en la final. Ganarle a Boca allá había sido tremendo, pero todavía quedaba el partido de vuelta. Los argentinos salieron a dejar la vida. Rápidamente se pusieron dos goles arriba. Vasco recién se despertó después del entretiempo, pero ya era demasiado tarde. Al final, Boca terminó silenciando la hermosa fiesta de los hinchas de Vasco y les aguó la fiesta.
El miércoles, en San Pablo, el Flu también se superó. Jugó mejor que Palmeiras. Se enfrentó a uno de los equipos que actualmente dominan el fútbol brasileño y no agachó la cabeza. Ganó en el tiempo reglamentario y terminó perdiendo por un detalle, en un penal en el que el arquero estuvo bárbaro. Se fue con la cabeza en alto. ¡Representó a pleno el espíritu tricolor!
Flamengo, en cambio, para mí protagonizó el papelón más grande de la semana. En 180 minutos, pateó apenas dos veces al arco. ¡Una vergüenza! Se enfrentó a un equipo claramente inferior y no se impuso. Creyó que le iba a ganar a Estudiantes solamente con el nombre y con la jerarquía de su plantel. Mientras tanto, los argentinos, como siempre, se comían la cancha, jugaban, corrían… y pegaban. La garra de ellos superó la soberbia y el exceso de confianza de los jugadores de Flamengo. Esa es la verdad.
El fútbol se gana en la cancha, con la suma de voluntad, concentración y calidad. Es el deporte colectivo en el que existen más posibilidades de que un equipo técnicamente inferior pueda superar a uno mejor. ¡Esta semana lo demostró!


