Hay decisiones que trascienden el cambio en sí, que no son simplemente un puesto por puesto. Sucede cuando se saca a un capitán. También, a un referente bancado por el hincha. Y en ese rango, también se ubica el cambio de arquero, casi siempre, una determinación de quiebre. En este caso, encima, la idea que madura Alejandro Orfila de reemplazar a Nelson Insfrán en el partido con Sarmiento llena casi todos estos casilleros mencionados. Es, a todas luces, rupturista, y justo en el momento más delicado de su ciclo.
Que Insfrán asome como un responsable de los males de este Gimnasia parece, por lo pronto, extraño. Incluso, invita a pensar en el algo más debe haber pasado. Es cierto que el entrenador está en su derecho a realizar cambios. Incluso, pateando el tablero, como en este caso, buscando una reacción, algún volantazo. Pero no parece ser el arquero el fusible de este escenario, más allá del promedio en contra de goles: bastante responde a lo mucho que recibe cada fecha.
En ese sentido, vale primero hacerse algunas preguntas: ¿fue el Mono el que permitió que Di María jugara a gusto en el Bosque ofreciendo todo su repertorio de campeón del mundo y más? ¿fue Insfrán el mayor responsable de una derrota que otra vez hizo explotar a los hinchas o en algún punto evitó que fuera todavía mayor? ¿Tiene el arquero la culpa de un equipo que perdió cinco de los seis últimos partidos y es el que más tiros al arco recibió en el torneo? ¿O es un problema de estructura, de armado, incluso de táctica y estrategia?

El riesgo de romper en el momento menos indicado…
El Mono, salvador de lo que hubiera sido una de las mayores catástrofes a fines del 2023 (y si no, mirar a Colón), sabe de que se trata pelear en esta instancias. Tiene sentimiento por el club. Tiene ascendencia en el grupo. Es bancado por los hinchas, más allá de que su nivel no sea el mejor y sea parte de un todo. Es el que, hasta ahora, se viene bancando todas, las peores. Sacarlo no sólo es señalarlo, es arriesgarse a romper adentro en el peor momento del torneo, cuando todo empieza a resolver y cuando la unión hace la fuerza.
Por lo tanto, si efectivamente la lleva adelante, la movida de Orfila parece a todas luces muy arriesgada, de todo o nada. Porque es apostar a una ficha, justo la del arquero, con el peligro del puesto que implica (un error, un gol), en una verdadera final en Junín.

Claro que hay margen a que la jugada le salga bien. Por supuesto que puede meter un pleno. Tampoco está sacando a Fillol (aunque habría que ver cómo la pasaría el Pato en este Gimnasia). Pero sí está tocando a un símbolo. Ya pasó con De Blasis. Ya se fue Morales. Ya lo hizo con el Pata Castro. Y todo cuando su capitán, el que el DT eligió, Gastón Suso, hoy está más resistido que nunca.
Por eso es que Orfila juega con fuego. O le sale bien y queda fortalecido en sus decisiones para la parte final del torneo, con el Clásico a la vuelta de la esquina. O le sale mal y pone en jaque su ciclo y hasta la chance de dirigir al Lobo en el Bosque ante Talleres. Porque en definitiva, una vez más, se habrá confundido de diagnóstico.

