En su incipiente carrera como entrenador de Gimnasia, Marcelo Méndez ha rendido ya algunos exámenes, y mostrado varias de las facetas que lo componen como DT. Su manera de plantar el equipo en la cancha, los métodos de entrenamiento, las estrategias de mercado, la habilidad para sortear dificultades, su relación con los directivos que fueron a buscarlo en una jugada arriesgada, y su innegable personalidad, se han puesto de manifiesto muchas veces en estos cinco meses. Pero nunca con la contundencia que lo hizo tras la derrota frente a Godoy Cruz.
La secuencia es antojadiza. Primero ante los jugadores, los entrenamientos fueron la pauta y una carta de presentación. Intensidad y disciplina. El ya famoso “desde que llegó a Estancia no vuela una mosca” lo caracterizó de entrada. “Méndez no se casa con nadie” no es una frase hecha. Ni siquiera hace diferencias con sus compatriotas, y si una muestra de ello fuera necesaria, alcanzaría con preguntarle a Jonathan Rodríguez lo duro que fue con el volante para referirse a sus posibilidades de competir con éxito en el fútbol argentino.
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La relación con los dirigentes es cordial. Comprensiva de las posibilidades económico financieras del club para incorporar jugadores y aceptar salidas, pero firme en sus pedidos. No se quejó de las bajas, al tiempo nunca ocultó ni en privado ni en público, las necesidades que observaba que el plantel requería, y las expresó con claridad ante los micrófonos.
Luego, su examen de ingreso al fútbol argentino largamente aprobado. Con los mismos elementos con los que contaba Madelón, logró convencer a los jugadores de ser un equipo más agresivo, con un par de ideas identitarias, y una clarísima vocación ofensiva, aún a riesgo de muchas veces quedar demasiado desbalanceado. Con poco, hizo otra cosa, y saldó sin discusiones la primera de las incertidumbres que su elección había generado en el mundo de Gimnasia: “Che, es bueno este uruguayo eh!” se escuchó en cada rincón del Bosque. Ese arranque fue auspicioso también en los números: cuatro victorias en seis partidos jugados.
Méndez supo ser la antítesis de Méndez
En el mercado de pases tuvo contratiempos más ligados a las dificultades que se le presentaron a los dirigentes para traer lo que les pedía, que a las propias elecciones de Méndez, y asi fue como la reanudación del torneo lo desacomodó un poco con esas cuatro derrotas al hilo (clásico incluido), del que salió hacia adelante con dos partidos reveladores en momentos donde la exigente vara de nuestro fútbol lo empezaba a poner en el banquillo de los acusados. Racing afuera y River de local sonaron a triunfos. Fueron cuatro puntos, pero valieron más que eso. Significaron el basamento de un equipo mejorado, con mayor confianza, notoriamente mejor diseñado en su sistema defensivo, al que por consecuencia le patean poco, y no le llegan en profundidad.
Los silbidos de los hinchas de Gimnasia al equipo en el final del partido ante Godoy Cruz.
Méndez se mostró además, versátil. Méndez supo ser la antítesis de Méndez. Su propia contracara. De aquel super ofensivo, al actual más granítico. Supo adaptarse con rapidez a otra circunstancia. Y eso es un mérito. Aún soportando muchas bajas por lesiones y suspensiones, la derrota ante el Tomba marcó el fin de una racha de 8 sin perder, con cuatro triunfos, y sólo dos goles en contra. Números que hablan.
Las razones de su fuerte conferencia de prensa
Ahora bien, ¿por qué Mendez salió con los tapones de punta de ese modo en la conferencia de prensa? ¿Si le sobran argumentos para matizar la caída, por qué eligió jugar tan al límite con términos que puertas adentro pueden sonar demasiado incriminantes? ¿A quiénes van dirigidos? ¿Quiénes deben despertar de la comodidad? ¿A quiénes les falta apetito?
El popurrí de definiciones fue impactante. Una sola era título. Todas juntas repartidas en un par de respuestas, no pueden hacer más que retumbar en las paredes del vestuario.
“No pudimos, el equipo no estuvo a la altura para jugar esta clase de partidos. Hay ciertas cosas que no pueden volver a pasar. Tenemos que hacer una crítica dura. Nos tiene que doler muchísimo esta derrota. Este no es el equipo que nosotros queremos, estamos lejos del equipo que queremos. Tenemos muchos lesionados, estamos diezmados, pero no es excusa. Necesitamos recuperar la memoria. No perdimos por el árbitro, perdimos porque hicimos las cosas mal. No tuvimos ideas, no tuvimos profundidad, no tuvimos agresividad, no ganamos duelos. Eso nos está faltando en los últimos partidos, es la realidad. Y realmente el partido nos dejó muy preocupados. Hemos perdido un poquito el hambre…hay que tener un poquitito de hambre y no ser tan conformistas.” De todas, tal vez la última sea la más dolorosa.
Salvo algún mimo para Max, de quien dijo que había contagiado al resto “hasta donde pudo” con actitud y entrega para no dar ninguna pelota por perdida (otra velada crítica para los que no se dejaron contagiar), el resto de las declaraciones son puñales.
El cruce de Matías Abaldo con los hinchas de Gimnasia tras el partido con Godoy Cruz.
En la búsqueda de una reacción
Leídas, releídas y vueltas a escuchar, sin maquillajes ni repeticiones, comprimidas en los menos de nueve minutos que duró la conferencia, suenan explosivas. Muchas veces los entrenadores buscan reacciones. Tocar alguna fibra íntima que revele los espíritus, pero el timing debe ser preciso. El riesgo es quedarse sin nada que decir. ¿Después de esto qué más se podría agregar? Además, sobrecargar a un equipo que Méndez sabe mejor que nadie que está diezmado en su potencial, puede hasta ser injusto. Dichas así en caliente tras un partido suenan crudamente fuertes. Si estas mismas declaraciones las hubiera hecho un DT de Boca o River, la prensa nacional ocuparía programas enteros buscando descifrar el mensaje y los destinatarios finales de semejantes definiciones públicas.
¿Por qué un entrenador que tiene a mano muchos argumentos válidos para justificar la merma en el rendimiento de su equipo, va tan a fondo con sus jugadores al borde de la sobre exposición?
Las respuesta las tiene el cuerpo técnico, pero tal vez, ensayando una teoría mayormente sustentada en la intuición más que en la información dura, Méndez esté buscando despertar a un grupo de jugadores que debe advertir a tiempo que en menos de tres semanas tiene la enorme posibilidad de dar el gran golpe en la Copa Argentina, y abrirse paso al sueño del título postergado durante treinta años.

