Damián Melcer es sociólogo y director de una escuela de Lomas de Zamora. Matías Passaro es docente en escuelas de adultos y medias de La Plata. Durante su participación en el streaming Parecemos Buenos Amigos, de INFOCIELO PLAY, explicaron las dificultades de aplicar normativas que surgen en ámbitos políticos y académicos en la realidad de las escuelas bonaerenses.
Uno de los aspectos de la charla rondó el tema de los celulares. Recientemente, la Legislatura provincial aprobó la prohibición de su uso en escuelas secundarias bonaerenses —medida que aguarda su promulgación e implementación por parte del Ejecutivo—. Las preguntas caen de maduro: ¿es una buena idea prohibir el uso de una herramienta? ¿se puede llevar a la práctica la prohibición? ¿quién le saca el celular a los chicos?
Al analizar el rol que hoy ocupa la tecnología en el aula, Matías Passaro recordó que la discusión sobre los dispositivos acompaña su trayectoria desde que ingresó a la docencia en 2013. Lejos de considerarlo exclusivamente un factor de distracción, explicó que en los cursos más avanzados del ciclo superior optó por incorporar el teléfono inteligente como soporte pedagógico.
“Ahorró costos, ahorró tiempo, ahorró un montón de cuestiones. Es en última instancia una herramienta que, como toda herramienta, puede ser bien o mal usada”, definió el docente. En ese sentido, resaltó que la digitalización del material de estudio permitió abaratar costos para las familias, aunque reconoció la gravedad de situaciones asociadas al mal uso, especialmente cuando se filman y viralizan hechos de violencia dentro de los establecimientos.
El dilema de la implementación: “¿Quién le saca el celular a los chicos?”
El principal cuestionamiento de los educadores no gira solo en torno a la conveniencia del veto, sino a la falta de logística y protocolos para ejecutarlo en la cotidianeidad escolar. Passaro expuso la paradoja que se genera cuando una ley redactada desde los despachos oficiales se traslada al aula sin herramientas concretas.
“¿Quién le saca el celular a los chicos? ¿Dónde lo ponés? ¿Qué pasa si el celular no aparece cuando llega la hora de ir a buscarlo y no está?”, cuestionó Passaro. El docente ironizó sobre el modo en que se diseñan este tipo de políticas: “Esa es otra gran idea que se implementa desde arriba y hay que ver cómo hacemos desde abajo. Traigan soluciones, que problemas nos sobran”. Asimismo, planteó los vacíos operativos que nadie resuelve: “¿Quién paga el box con llave? ¿Quién más tiene la llave?”.
“El celular es cultura”: por qué la prohibición no resuelve el conflicto
Por su parte, Damián Melcer fundamentó su postura contraria a la restricción apelando al arraigo que la tecnología tiene en la identidad de las y los adolescentes. “El celular es cultura; no es una remera que me la saco hoy y me cambio por otra”, graficó el director escolar.
Para el sociólogo, la idea de que sacar el teléfono de la clase elimina las tensiones pedagógicas o de convivencia es un diagnóstico equivocado. “No estoy a favor de la prohibición del celular porque insisto en que los problemas que los celulares generan llegan al aula igual con o sin celular”, argumentó Melcer, señalando que los conflictos suelen gestarse durante los fines de semana o en el ámbito privado de los hogares y terminan emergiendo en la escuela por la difusión de una foto o un video.
Melcer advirtió que la viralización de imágenes grabadas en las escuelas suele desencadenar una respuesta punitiva por parte del sistema educativo, que en lugar de abordar el problema de fondo busca señalar culpables.
“La escuela se siente expuesta porque hay un sistema que judicializa a la escuela, que pregunta dónde estaba el docente, qué hizo, quién es el responsable de todo esto y hace una cacería de brujas”, denunció el director. En lugar de perseguir la exposición, propuso tomar la grabación como un indicador pedagógico de la realidad: “En vez de eso, hay que decir: ‘Bueno, vamos a tratar de resolver esto’. Verlo en el celular da el dato concreto para trabajar con eso”.
Finalmente, Melcer remarcó que para transformar esos emergentes en aprendizaje se requiere un compromiso institucional profundo. “Esa posibilidad la escuela la puede tener si hay una disposición estatal de cuidar a la escuela a través de políticas públicas”, concluyó, señalando que la verdadera solución no pasa por poner candados ni prohibiciones impracticables, sino por equipar a los colegios con “orientadores, educadores y más profesionales”.


