El Gran Buenos Aires se convirtió en los últimos años en un mapa de supervivencia, donde prevalecen las madrugadas teñidas de largas filas en las paradas del colectivo y en los hospitales públicos, las notificaciones de deudas y la búsqueda de ofertas que alivien un poquito el bolsillo. Sin embargo, toda la geografía bonaerense da cuenta que el debate macroeconómico no entra en la realidad de una provincia que asienta sobre las espaldas de quiénes sostienen, todos los días los demás.
Así lo explica el último relevamiento nacional de MuMaLá que condensa el 65 por ciento del registro de las vidas encuestadas en la provincia de Buenos Aires y pone foco en la realidad económica de los últimos dos años de mujeres y disidencias. Sumado a esto, el registro de UNICEF expresa sobre los desafíos y las deudas con niños, niñas y adolescentes, siendo las dos caras de una misma moneda que expresa que los socios silenciosos del desplome, las infancias y sus cuidadoras —mujeres e identidades feminizadas— están pagando la deuda más costosa de la crisis: la del propio futuro.
La mesa herida
Para gran parte de los bonaerenses la cena la cena ha dejado de ser un ritual de encuentro para convertirse en una negociación silenciosa. En el 55 por ciento de los hogares en la provincia, quien lidera la casa sostiene económicamente a otras personas, y en la inmensa mayoría de esos casos —un 75 por ciento— las personas a cargo son niños, niñas o adolescentes. El acceso a una vida digna para estas infancias depende de una trama compleja donde se cruzan la calidad de lo que comen, el abrigo del hogar y las oportunidades de crecer sin el peso de la angustia de los adultos.
Hoy, esa trama está rota. Con un 84 por ciento de las familias de la región percibiendo ingresos mensuales que no llegan a los $1.800.000, la línea de la pobreza es una frontera que se cruza casi al empezar el mes. En el 20 por ciento de estas casas, el dinero no alcanza para cubrir lo básico, y en casi la mitad apenas se logra “a veces”.
El primer lugar donde se nota esta asfixia es el plato. El 87 por ciento de las cuidadoras bonaerenses tuvo que transformar por completo la alimentación de su familia. Las verduras frescas, las frutas y los lácteos se han vuelto lujos de otra época, el 65 por ciento de los hogares eliminó la carne, el 35 por ciento dejó de comprar leche, yogures o quesos, y el 29 por ciento sacrificó las verduras frescas. En el 42 por ciento de los hogares bonaerenses, el límite se estiró tanto que al menos un miembro de la familia debió saltearse una comida diaria por falta de recursos. En los barrios populares del conurbano, el código invisible de las madres dicta que ese plato vacío casi siempre es el propio. Esta desnutrición silenciosa e involuntaria es una hipoteca irreversible sobre el desarrollo cognitivo y la salud de la próxima generación.
La infancia bonaerense
Los datos elaborados por UNICEFF dan cuenta de un proceso de larga data en un estancamiento en las condiciones de vida de niños, niñas y adolescentes. Esta realidad se convirtió en un desafío estructural expresado en la falta de ingresos y en las privaciones de derechos fundamentales a que puedan tener una educación accesible, centros de salud cercanos, infraestructura y protección.
Sin embargo, los registros muestras que mientras otras provincias tuvieron avances y mejoraron la situación en los últimos diez años, la provincia de Buenos aires se mantiene en el promedio sin mostrar mejoras.

El tiempo confiscado y las “cajeras” de la escasez
La precarización laboral en la provincia de Buenos Aires tiene rostro femenino, el 29 por ciento de las trabajadoras debe sostener dos, tres o más trabajos remunerados, una marea de empleo informal que va desde la venta de viandas y ropa usada en ferias americanas hasta el cuidado a domicilio. El dato que revela la velocidad del colapso es que más de la mitad de ellas -el 56 por ciento- tuvo que sumar estas changas y tareas adicionales en los últimos seis meses para que la caída de sus ingresos no arrastrara a toda la familia.
Sin embargo, en los rincones más empobrecidos del conurbano y del interior de la provincia, empieza a asomar una nueva economía de la desesperación que le roba horas al descanso y al cuidado familiar, las “cajeras virtuales” de juegos de azar en línea. En barrios donde el transporte público se ha vuelto prohibitivo y el mercado formal es una puerta cerrada, la mediación de apuestas digitales ilegales aparece como una salida rápida desde el celular. Es una tarea desregulada y solitaria, nacida de la falta de oportunidades de empleo genuino, que encierra a las mujeres en una rueda de conectividad permanente a cambio de unos pocos pesos diarios, restándoles tiempo para sostener las trayectorias escolares y afectivas de las infancias bajo su cuidado.
La trampa digital de la deuda
Cuando el pluriempleo informal ya no alcanza, la supervivencia se financia. El endeudamiento en los sectores más vulnerables de la provincia de Buenos Aires ha dejado de ser una herramienta de progreso para convertirse en el único mecanismo disponible para comprar comida o medicamentos. El 63 por ciento de las cuidadoras convive hoy con deudas activas.
La forma de endeudarse también cambió con la tecnología. El 32 por ciento de ellas recurre a los créditos express de billeteras virtuales, atraídas por la inmediatez de un trámite que se resuelve con un solo clic en el celular. Detrás de ese alivio de pocas horas se esconden tasas de interés asfixiantes y refinanciaciones infinitas que licúan los pocos ingresos del hogar.

Pero el escenario es aún más oscuro en las periferias bonaerenses para quienes, por estar desocupadas o en la informalidad absoluta, no tienen acceso a ninguna cuenta bancaria. Allí, el 14 por ciento de las deudoras debe recurrir a préstamos informales, donde las cuotas impagas se traducen en extorsiones, amenazas directas a la integridad de los hijos o la entrega forzada de los pocos bienes de valor y de las propias viviendas. La deuda para cuidar se convierte, de este modo, en una puerta de entrada a las violencias urbanas más extremas que carcomen el tejido comunitario.
La brecha de género que atraviesa la pobreza de los hogares viene siendo motivo de estudio que se profundizó en los últimos años con la arista sobre deudas. El Primer informe sobre endeudamiento, géneros y cuidados, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) junto al Ministerio de Economía de la Nación (2023), informa que el 64,5 por ciento de los hogares liderados por mujeres solicitó financiamiento, frente al 58,6 por ciento de los encabezados por varones.
El futuro suspendido
El retroceso en los derechos de las infancias —como el abandono de la escuela secundaria por parte de adolescentes que salen a buscar changas para ayudar en la casa— se vive en los hogares bonaerenses como una tragedia silenciosa que se aloja directamente en el cuerpo. Ante un Estado nacional que redujo un 27,7 por ciento los programas de asistencia y cuidado y desfinanció los dispositivos provinciales de contención, las cuidadoras se han convertido en el último escudo humano frente a la crisis.
Ese esfuerzo tiene un costo físico y mental devastador. El 83 por ciento de las encuestadas declara que la angustia económica ha quebrado por completo su descanso, provocando insomnio crónico. El 81 por ciento vive en un estado de desborde emocional constante, y el 86 por ciento experimentó en el último mes síntomas físicos agudos directamente asociados al estrés, como contracturas severas y dolores de cabeza intensos. Al mismo tiempo, el colapso de los turnos en el sistema de salud pública y la escasez de medicamentos esenciales en los hospitales de la provincia cierran la trampa sobre quienes ya no tienen recursos para la atención privada.

Para el 89 por ciento de las mujeres y disidencias bonaerenses, la crisis actual limita por completo sus proyectos personales. En una provincia que resiste al día, la imposibilidad de planificar el mañana —estudiar, arreglar el techo que se llueve, mudarse o salir de un entorno violento— es la marca más profunda que está dejando la crisis. El presente de escasez es un futuro que se ha puesto en pausa.

