En el debate educativo contemporáneo, la pregunta sobre quién ejerce la autoridad en las aulas se volvió un terreno de fuertes tensiones y redefiniciones. Durante décadas, el poder escolar se concentró en la figura del docente, lo que decía el maestro no se discutía, un aplazo era responsabilidad exclusiva del alumno y las familias respaldaban el accionar escolar al cien por ciento. Sin embargo, ese esquema verticalista entró en crisis.
En el estudio de PBA – Parecemos Buenos Amigos de INFOCIELO PLAY, el programa conducido por Eduardo Medici, el debate sobre el gobierno del aula expuso una radiografía cruda sobre las dinámicas de poder en la escuela secundaria pública, señalada por la mesa como el ámbito más problemático del sistema educativo. En el cruce entre la labor del docente Matías Passaro y la mirada institucional del director y sociólogo Damián Melcer, la primera tensión emergió al indagar dónde reside hoy la capacidad real de tomar decisiones entre directivos e inspectores.
La discusión abordó las limitaciones que manifiestan los propios equipos directivos frente al marco estatutario cuando se presentan faltas sistemáticas en el cuerpo docente o interrupciones en el dictado de clases. “Mientras esté dentro del estatuto no se puede hacer nada”, se advirtió durante el intercambio al calificar las restricciones para aplicar notas desfavorables o informes negativos que impacten en el puntaje docente a fin de año. “He visto un ocho. Se puede poner, falta un directivo que ponga un 8 y no te lo baje”, remarcó Damián.
“Fingí demencia”: el caso testigo de La Plata y la burocracia del desamparo
Al invertir la pregunta para indagar quién tiene la capacidad efectiva de conducir a los estudiantes, tanto los docentes como los directivos reconocieron la vacancia de esa función, desplazando la responsabilidad hacia las familias o, en última instancia, hacia las instancias de inspección.
Para ejemplificar la impotencia cotidiana en el aula, se expuso un caso verídico registrado en una escuela de La Plata, donde un alumno que debía ingresar a las 7:30 llega diariamente dos horas tarde, “un chico que te llega a las 9:30 de la mañana todos los días, te patea la puerta. Entra a las patadas, a los gritos pidiendo el desayuno. ¿Sabés que vino de robar?, se interroga Melcer para indagar quién tiene poder sobre los chicos. Frente a ese escenario, la postura del equipo directivo se reduce a la resignación, “directivo, fingí demencia”.
Esta parálisis se profundiza en una estructura institucional caracterizada por un verticalismo donde los problemas se trasladan en forma de cascada hacia los cargos políticos de distrito o región sin encontrar respuesta. La solución pragmática termina siendo la simple preservación del espacio pedagógico para el resto del grupo, “llega un punto en donde la solución fue: ‘bueno, dale el desayuno a las 9:30, no digamos nada’”, explica Matias.
Frente a esta dinámicas de desamparo, la especialista en Educación Myriam Southwell en la edición anterior de PBA abordó esta transformación y advirtió sobre los riesgos de confundir la democratización escolar con el retiro de la responsabilidad adulta, “estamos en un momento en el que a la sociedad le cuesta ser adulta y ejercer el trabajo de adulto”.
Al analizar la dinámica entre el hogar y el colegio, Southwell señaló una problemática cultural que se traduce en padres que sienten temor a decir “no” a sus hijos o que buscan ser “amigos” en lugar de asumir una función ordenadora. “Decir no y entender que la función que uno ocupa no es la de ser amigo de sus hijos es ordenador, porque además los posibilita, los organiza y les permite construir subjetivamente en un marco en el que saben que tienen amparo”, remarcó la investigadora.
El “pánico a la autoridad” y la trampa del burocratismo
El análisis en la mesa de PBA, ambos especialistas profundizaron en la crisis del rol adulto dentro de las instituciones. Si bien coinciden con la crisis de autoridad invocaron la célebre reflexión del pensador Mark Fisher sobre cómo el progresismo y la centroizquierda “tuvo pánico de decir autoridad porque lo equiparó a autoritarismo”. En esa misma línea, se citó la advertencia de la docente cordobesa Viviana Apostay al señalar que “confundimos democratización con desgobierno”, sostiene Melcer y que en las últimas décadas se perdió la facultad de fijar límites por temor a ser calificado de “punitivista”.
“Nadie quiere ejercer el rol de adulto” sostuvo Miriam. Mientras, para el sociólogo la premisa es diferente “no nos dejan ejercer el rol de adulto”, al cuestionar la sustitución de las normas por la denominada “charla reparadora”. Al contrastar esta dinámica escolar con la vida en sociedad, se apeló a la analogía de la infracción de tránsito: “Vos pasaste el semáforo en rojo ¿A vos en la municipalidad te dan una charla reparadora? Encantaría… pero tiene que haber un límite. Hoy yo lo que siento es que el límite está totalmente corrido”, explica Damian.
Frente al interrogante de si la apertura democrática anarquizó la enseñanza o si “vale todo” en el aula, Southwell fue categórica al sostener que dar participación a los estudiantes no significa renunciar al marco de contención, “el poder transformador y de corrección la escuela lo tiene y lo pone en funcionamiento en la medida en que se replantea sus modos de organización”.
Para la investigadora, la existencia de un espacio democrático no implica delegar las decisiones institucionales ni renunciar a marcar qué conductas son admisibles. “Poner límites no es solo una restricción, sino que habilita y ordena un espacio. Decir ‘esto se puede y esto no se puede’ es formativo. Un pibe que vive en una situación de desborde no construye sanamente si no está marcada la cancha”, concluyó Southwell.
El cierre del debate en PBA expuso la ineficacia del sistema de confección de actas como único mecanismo disciplinario sobreviviente, describiéndolo como un consumo estéril de tiempo y recursos de papelería. El sociólogo expuso que “frente a todos los problemas que tenés lo único que podés hacer es poner actas que acumulan papel, consumen un montón de horas. ¿Y cuál es la consecuencia del acta? Ninguna. Ninguna”.


