El fin de semana del 10 al 12 de julio, las calles de Berisso se envolvieron en su aroma más característico. Miles de personas coparon los stands de la 23° Fiesta del Vino de la Costa, degustando copas, recorriendo ferias y celebrando una postal que, hace apenas tres décadas, parecía un sueño imposible. Hoy es un símbolo de identidad y orgullo regional, pero hubo un tiempo en que este vino estuvo a punto de borrarse del mapa. Su supervivencia no fue milagro, sino el resultado de una resistencia compartida: la perseverancia de los productores locales y un compromiso de más de 25 años con la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
El declive de una tradición centenaria
Durante gran parte del siglo XX, el Vino de la Costa fue el alma de Berisso. En las quintas de la ribera del Río de la Plata, familias de inmigrantes italianos, españoles y portugueses cultivaban la uva Isabella, un híbrido natural que prosperó de forma excepcional en el suelo húmedo y el clima costero. El resultado era un vino de aroma intenso y sabor inconfundible, infaltable en la mesa de los trabajadores de los frigoríficos.
Sin embargo, el cierre de esos mismos frigoríficos, las crisis económicas y el avance urbano asestaron un golpe casi letal a la actividad. De aquel esplendor que superaba el millón de litros anuales, la producción se desmoronó dramáticamente. A fines de la década de 1990, solo un puñado de familias resistía elaborando el vino de forma puramente artesanal. El final parecía escrito, hasta que en 1999 la historia dio un vuelco.
Una universidad que llegó para escuchar
A diferencia de los abordajes académicos tradicionales, la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UNLP no desembarcó en el territorio con recetas mágicas. Llegó a las quintas a escuchar. Al principio, los productores —celosos guardianes de un oficio heredado de sus abuelos— miraron con recelo a los investigadores. Pero la desconfianza mutó en respeto, los viñateros aportaban el saber de la tierra y la Universidad, las herramientas científicas.
El gran acierto de Ciencias Agrarias fue impulsar al Vino de la Costa como Alimento Marcador de Identidad. Esta categoría cambió la perspectiva, el vino ya no valía solo por sus ingresos, sino por ser un patrimonio cultural indisociable de la ribera, la uva Isabella y sus familias. A partir de allí, los investigadores acompañaron la recuperación de los viñedos, mejoraron los procesos de envasado, diseñaron un etiquetado propio y fomentaron la organización colectiva. Este impulso cooperativo culminó en 2003 con la fundación de la Cooperativa de la Costa de Berisso.
De los escasos miles de litros que se producían a finales de los 90, la cooperativa pasó a elaborar actualmente unos 25.000 litros anuales, consolidando una escala productiva sustentable y reinstaurando la Fiesta del Vino como el gran motor cultural de la región.
El aporte de la ciencia y la comunidad: un frente interdisciplinario
Con la producción en marcha, el proyecto sumó nuevas miradas para responder a una pregunta clave, ¿qué hace verdaderamente único a este vino?
En 2006, los científicos de la Facultad de Ciencias Exactas, a través del CINDEFI, descubrieron que el secreto del aroma y sabor del Vino de la Costa residía en las levaduras autóctonas del ambiente ribereño. Crearon un banco de cepas nativas y aplicaron protocolos de control de calidad sin alterar la esencia sensorial del producto. La ciencia no buscó cambiar el vino; buscó comprenderlo para blindar su identidad.
Finalmente, en 2017, la Facultad de Trabajo Social aportó la pieza que faltaba para cerrar el círculo, la contención humana. Su intervención fortaleció la vida interna de la cooperativa, aceitando la participación familiar y el entramado comunitario. El vino dejó de ser visto solo como un bien agrícola para consolidarse como una experiencia viva de la economía social.
Mucho más que una botella
Cuando una botella de Vino de la Costa se destapa en una mesa, se derrama la memoria de los inmigrantes de la ribera, familias que defendieron sus quintas y el brazo extendido de una universidad pública donde el conocimiento camina a la par de la producción. Una alianza de más de un cuarto de siglo que demuestra que las tradiciones no sobreviven solas, se salvan cuando una comunidad decide defenderlas y la ciencia se dispone a acompañarlas.

