Por Pablo Ramón, peridista del diario Olé
Cada 12 de julio vuelven las emociones, las sensaciones, de ese inolvidable día, quizá la alegría más inesperada, intensa, casi erótica, de mis tres vidas como hincha de Gimnasia. Hoy para nosotros es como un segundo cumpleaños, porque ganarle a Rafaela fue como haber encontrado una lancha con motor en el naufragio del Titanic.
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Para todos los que estuvimos esa tarde fue una vida arrancada de las garras de la muerte, porque todo olía a derrota sin remedio. Desde un frío rompehuesos y un sol que ni siquiera quería aparecer por el Bosque para no ser testigo del desastre que se avecinaba, hasta el historial de un equipo corajudo y querible pero que no lograba sacarse de encima la telaraña del descenso que durante todo ese campeonato fue erosionando la confianza, limitando el ánimo, minando los nervios, poniéndole un corset a la ilusión, arrastrándolo al pantano, una y otra vez. El Universo presagiaba el regreso a la B después de un cuarto de siglo en el que, paradójicamente, vivimos más buenas que malas. El partido de ida jugado en Santa Fe fue un calvario y la suerte parecía echada. Tanto, que en la hinchada que más cree en los milagros quedaban más ateos que fieles.
Yo estaba dispuesto a hacerle lugar en el alma a otra cicatriz -las medallas invisibles que nos colgamos los hinchas- y pedí expresamente a mis jefes que me mandaran a cubrir el partido. Y ahí fui, casi de luto, esperando lo inevitable, porque en los malos momentos hay que estar, y en eso se nos va el honor. Confieso que estaba más resignado que nervioso, quizá porque a propósito me abandoné a la desilusión, asumí la derrota antes de tiempo para no darle nada de lugar a la esperanza, en una maniobra ilusa, inútil, fraudulenta conmigo mismo, porque no había forma de mitigar el dolor, ni de ahorrar la pena que, igual, vendría como un tsunami a su debido tiempo.
Una canción de Los Redondos
Las malas señales continuaron como un presagio inevitable. El conductor del remise que me llevó a la cancha me preguntó, con toda cordialidad, si me gustaban Los Redondos para musicalizar el viaje. Perfecto, me dije, no hay grupo menos futbolero en términos de poesía o de temática. Los primeros acordes de la canción me sacaron del clima trágico en el que me estaba ahogando, hasta que el tercer verso me devolvió a la realidad de una manera brutal y despiadada: “La hija del fletero, linda, infinita/ volvió a Madrid donde parece que es feliz / ese día me mandó al descenso…”. Un frío mortal me atravesó el pecho. El destino, a veces, es demasiado cruel.
En la cancha estaban los de siempre y los que nunca faltamos en los momentos oscuros. Era una multitud callada, sufriente por adelantado. Me reconfortó la certeza de que yo no era el único que había ido al velorio antes de que llegara el muerto. El partido fue lo que todos esperábamos que fuera: un lamento lento, inexorable y desesperanzador. No hubo jugadas que levantaran a la multitud, ni un gol tempranero que alimentara el milagro. Gimnasia fue un equipo luchando contra molinos de viento, un espíritu irrenunciable chocando una y otra vez contra lo que parecía ser la nada.
A 20 minutos del final no habíamos hecho ningún gol y había que hacer tres, y creo que no habíamos tenido ni una chance clara de convertir. El primer grito, el de Diego Alonso y su fe inclaudicable, encendió un poco la fe, pero casi que no se gritó, porque fue un gol accidental, poco estimulante, porque la pelota entró casi de favor, casi de lástima, casi en solidaridad con nuestra penuria. Pero ese gol cambió drásticamente las reglas del Universo. Porque a cinco minutos del final, cuando ya la suerte estaba echada (ya no sólo parecía…) lo expulsaron al Pampa Sosa, lo que, estoy convencido, fue el factor clave de la victoria. Con él en cancha, hubiera peinado los centros y Niell habría seguido de largo…
“Nunca vi la palomita del Enano”
Cuando a los 89 llegó el primer cabezazo de gol de Niell, una chica que estaba detrás de mí en el palco de prensa sufrió un ataque de nervios y me empezó a pegar trompadas en la espalda. Era lo peor que me podía pasar: que renaciera de golpe la esperanza, todo para quedarnos en el umbral de la hazaña y para que la desilusión fuera aún mayor. Pero no. Aún hoy cierro los ojos y veo clarita la silueta de Cuevitas enganchando una, dos veces, buscando el hueco para meter el derechazo al segundo palo. Nunca vi la palomita del Enano, el tiempo quedó suspendido en ese instante, y reaccioné con el grito desaforado de la multitud. No recuerdo una explosión semejante, nadie podía creer lo que estaba pasando. Yo entré en un estado de inconciencia, producto del shock de euforia e incredulidad. No sé cómo terminé en el palco de abajo, llorando, abrazado de un tipo que no conocía, pero con el que quedé hermanado para siempre, aunque no volví a verlo nunca más.
Niell marcó el gol para que Gimnasia siga en primera en el 2009.
Esa tarde nadie nos dio una copa, ni el nombre de Gimnasia quedó grabado en algún historial. Pero fue una hazaña magnífica, monumental, fue una victoria heroica, de un equipo que creyó hasta el final, más allá de toda lógica, porque luchó con un coraje sobrenatural, jugando con uno menos y con todo en contra. Fue, también, un premio para todos los que fuimos ahí, y un regalo a los que fuimos resignados, dispuestos a ponerle el pecho a otra desazón. Por eso, hoy voy a prender esa vela imaginaria, que prometo no apagarla más, aunque yo crea que todo está perdido y en la radio me pongan la canción de Los Redondos que me manda al descenso.



