Hace apenas 20 días, Matías Rosso se despertó y prácticamente había perdido la visión de su ojo izquierdo. El ex delantero de Estudiantes, que llegó al club en 2015 y tuvo incluso la posibilidad de disputar la Copa Libertadores, atraviesa hoy una realidad muy diferente a aquella que conoció como futbolista profesional. Sin trabajo estable, con diabetes y una familia que sostener, encontró en Rosario una manera de generar ingresos a través de la elaboración y venta de sándwiches de milanesa y viandas. “Lo que más necesito, lo que más quiero, es trabajar”, contó en diálogo con Olé.
Rosso llegó al Pincha después de destacarse en Chacarita, donde había conseguido el ascenso a la Primera B Nacional en 2014. Su paso por La Plata representó uno de los puntos más importantes de su carrera: jugó en Primera y sumó minutos en la Libertadores con Estudiantes. Fue precisamente durante los estudios médicos realizados cuando arribó al club que le diagnosticaron diabetes, una enfermedad con la que convive desde entonces.
Después vistió las camisetas de Aldosivi, Chacarita, Estudiantes de Caseros y Gimnasia y Tiro de Salta. Cerró su carrera con 97 partidos oficiales y 13 goles, pero una fractura de tobillo y posteriormente la pandemia terminaron acelerando su retiro. “Me quedé sin club en la pandemia. Ningún equipo contrataba porque nadie sabía qué iba a pasar con el fútbol”, recordó.

Con apenas 27 años tuvo que reconstruir su vida lejos de una cancha. Trabajó durante cuatro años como cajero de un polirrubro y luego como conductor de aplicación. Hasta que volvió a quedarse sin empleo. Vive junto a su pareja, con quien está desde hace más de 16 años, y sus dos hijos, Zoe, de 13, y un nene de nueve.
En ese contexto nació su emprendimiento gastronómico en Rosario. “Empezamos con los sándwiches y las viandas. Salimos a vender y por suerte vendimos todo”, explicó. Su intención al contar públicamente su situación, aclaró, nunca fue recibir dinero. “No subí la foto para que pasaran un alias ni para dar lástima. Quería que la gente supiera que estaba vendiendo sándwiches”.
Pero cuando empezaba a encontrar una alternativa apareció una nueva dificultad. De un día para otro dejó de ver casi completamente con el ojo izquierdo. Los médicos le explicaron que podría tratarse de una complicación derivada de la diabetes. “Me desperté y le dije a mi mujer que no veía nada. Fue de un día para el otro”, relató.
Mientras espera nuevos estudios y respuestas sobre su visión, Matías Rosso recibió además una beca para realizar el curso de director técnico. La posibilidad de reencontrarse con el fútbol lo movilizó: “Es una caricia al alma. Tuve técnicos y compañeros de los que aprendí muchísimo y sería hermoso poder seguir ligado al fútbol”.


