Un megaestudio continental liderado por científicos de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el CONICET reveló la ruta global, los métodos de dispersión y las secuelas socioeconómicas de casi una treintena de especies nativas de América del Sur que hoy alteran ecosistemas en casi todos los continentes.
una transformación silenciosa avanza por los ríos, océanos y suelos del mundo. No hace ruido, pero tapona acueductos, altera redes tróficas milenarias y genera pérdidas millonarias en la economía global. Se trata de los moluscos. Y esta vez, los protagonistas de la conquista no vienen de latitudes lejanas: son nativos de América del Sur.
Un equipo internacional coordinado por investigadores del Museo de La Plata (Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP) y del CONICET logró reconstruir por primera vez el mapa integral de esta expansión biológica. El hallazgo es contundente: al menos 29 especies de moluscos acuáticos y terrestres originarios del Cono Sur han cruzado fronteras por acción humana, estableciéndose como especies no nativas y potenciales invasoras en 11 regiones que cubren prácticamente todo el planeta, con la sola excepción de las zonas polares.
Un mapa trazado por la globalización
El trabajo científico demandó una investigación a escala continental que articuló el esfuerzo de especialistas de siete países sudamericanos, integrados en el grupo de especialistas en Moluscos Invasores de América del Sur (eMIAS).
Detrás de este hallazgo están los doctores Gustavo Darrigran —director del eMIAS—, Cristina Damborenea y Diego Gutiérrez Gregoric, quienes junto a su equipo identificaron quiénes son estos moluscos, dónde se han asentado y, fundamentalmente, a través de qué vías lograron romper las barreras geográficas naturales.
El análisis revela un patrón circular y revelador: las áreas sudamericanas desde donde partieron estas 29 especies hacia el exterior coinciden exactamente con los puntos de entrada que históricamente recibieron —y siguen recibiendo— moluscos exóticos provenientes de América del Norte, Europa y Asia. La causa principal de este tráfico involuntario reside en los procesos de globalización y el vertiginoso aumento del comercio internacional. Los cascos de los buques mercantes, el agua de lastre y el transporte de mercancías agrícolas han funcionado como verdaderos puentes de enlace entre continentes.
El costo oculto: tuberías tapadas y redes tróficas alteradas
El impacto de estas bioturbaciones no se limita a la sola presencia de un organismo fuerak de su hábitat original. Caracoles y almejas originarios del Cono Sur hoy modifican las cadenas alimentarias nativas de los ecosistemas receptores, desplazando a especies locales y alterando la dinámica de los nutrientes en el agua y el suelo.
Pero el problema cruza rápidamente la frontera ambiental para transformarse en un dolor de cabeza infraestructural y financiero. Al incrustarse de forma masiva en ambientes acuáticos, estos pequeños organismos obstruyen, sistemas de refrigeración en centrales generadoras de energía. Además, tomas de agua dulce destinadas al consumo humano y son conductos y redes de sistemas contra incendios y complejas instalaciones industriales.
A esta presión se suma un factor agravante: tanto las regiones de origen en América del Sur como los territorios colonizados en el resto del globo se encuentran fuertemente expuestos a las presiones de la urbanización descontrolada y los efectos del cambio climático, condiciones que alteran los hábitats y facilitan el asentamiento exitoso de especies oportunistas.
Herramienta clave para las políticas públicas
El valor fundamental de esta investigación radica en poner sobre la mesa de los gobiernos una base de datos rigurosa para la toma de decisiones. Hasta ahora, la gestión de bioinvasiones en muchos países reaccionaba a ciegas o cuando el daño sobre las infraestructuras ya era irreversible.
Con este diagnóstico continental en mano, las instituciones de gestión ambiental y bioseguridad internacional cuentan con el conocimiento necesario para diseñar controles aduaneros y portuarios más estrictos, anticipar escenarios de riesgo y mitigar el impacto de una de las crisis ambientales más costosas y menos visibles del siglo XXI.


