La pregunta parece inocente, pero alcanza con empezar a consultar entre vecinos de La Plata para descubrir que detrás puede haber una costumbre bastante más extendida de lo que parece.
Promociones que cumplen 10, 20, 30, 40, 50 o 60 años de egresados. Grupos que mantienen un WhatsApp durante décadas. Excompañeros que organizan un asado todos los años. Otros que se encuentran una vez por mes. Y colegios que vuelven a abrir sus puertas para recibir a personas que pasaron por sus aulas hace medio siglo.

El fenómeno acaba de volver a quedar expuesto en La Plata con la convocatoria del Colegio Nacional “Rafael Hernández”, que organizó un nuevo encuentro de promociones para el 7 de noviembre.
La intención es más que reunir a quienes egresaron juntos, significa convertir la fecha en una tradición anual. La iniciativa se suma a una larga serie de reencuentros que atraviesan distintas generaciones de platenses.
¿Es realmente algo particularmente de La Plata? No hay, por ahora, una estadística nacional que permita afirmarlo. Pero hay suficientes historias como para formular la pregunta.

Hay grupos que llevan décadas sin dejar de verse
Uno de los casos más llamativos es el de los exalumnos de la Escuela Anexa de la UNLP que terminaron la primaria en 1953. En diciembre de 2023, siete décadas después, volvieron a la institución para celebrar los 70 años de su egreso.
Lo más llamativo no fue solamente que hubieran llegado hasta ese aniversario. El grupo continuaba reuniéndose todos los meses. Según contó uno de sus integrantes, eran entre nueve y quince personas las que se encontraban habitualmente, dependiendo de la época del año. Algunos vivían todavía en La Plata, mientras otros viajaban desde Capital Federal o incluso desde localidades del interior.
Es decir: no se convoca únicamente a una reunión extraordinaria provocada por un aniversario redondo. Había algo anterior. Una costumbre sostenida durante años.

En otros casos, la frecuencia puede ser menor, pero la permanencia es igual de llamativa. Hay promociones que convierten el aniversario de egreso en una especie de fecha patria privada: se busca a los compañeros, se arma una cena, se recorre nuevamente la escuela y se repiten las anécdotas que sobrevivieron al paso del tiempo.
La tecnología, obviamente, hizo mucho más sencillo mantener esos vínculos.
Antes había cartas, teléfonos y agendas con números que quedaban desactualizados. Después llegaron Facebook, los mails y finalmente WhatsApp. Pero la tecnología no explica por sí sola el fenómeno: si no existiera el deseo de seguir encontrándose, ningún grupo sobreviviría durante medio siglo por más WhatsApp que tuviera.

Una ciudad que parece conservar algo de pueblo
Acá aparece una posible explicación.
La Plata tiene algo extraño: es una ciudad grande, universitaria, administrativa y cultural, pero al mismo tiempo conserva determinados comportamientos propios de una comunidad bastante más chica.
Hay familias que permanecen durante generaciones en los mismos barrios. Personas que estudiaron en la misma escuela que sus padres. Instituciones que funcionan como verdaderos puntos de referencia afectiva. Clubes, colegios, facultades, parroquias y asociaciones que generan redes que se superponen.
En ese esquema, el colegio no necesariamente termina cuando llega el último día de clases.

Puede seguir funcionando como una especie de domicilio emocional.
Y hay otro elemento: La Plata tiene una enorme concentración de instituciones educativas históricas. La Anexa, el Colegio Nacional, el Normal 1, Bellas Artes, el Albert Thomas y una larga lista de escuelas públicas y privadas construyeron durante décadas comunidades de alumnos que compartieron no solamente materias, sino patios, clubes, viajes, profesores, barrios y amistades.
Eso genera una memoria colectiva particularmente fuerte.

La nostalgia también puede tener una explicación
Hay, además, una cuestión psicológica.
La infancia y la adolescencia son períodos en los que las personas construyen buena parte de su identidad. Volver a encontrarse con quienes estuvieron allí permite recuperar una versión de uno mismo que no aparece fácilmente en la vida adulta.
No necesariamente se trata de creer que “todo tiempo pasado fue mejor”. Puede ser algo más sencillo: volver a estar con personas que recuerdan exactamente quién eras cuando todavía no eras quien terminaste siendo.
Eso explica también por qué las reuniones suelen estar cargadas de rituales: fotografías, recorridas por las aulas, anécdotas repetidas, canciones, comidas y lugares que funcionan como disparadores de memoria.

En diciembre de 2025, por ejemplo, una convocatoria del Colegio Nacional reunió a más de 2.000 exalumnos de distintas promociones. La lista abarcó generaciones separadas por décadas y la respuesta fue tan grande que debieron cerrar la inscripción por cuestiones organizativas.
Eso ya no parece solamente una cena entre amigos.
¿Y si la diferencia está en otra cosa?
Hay una hipótesis todavía más interesante: quizás no sea que los platenses se juntan más, sino que conservan durante más tiempo la idea de pertenecer a una promoción.
En muchas ciudades, el colegio puede quedar rápidamente asociado a una etapa terminada. En La Plata, en cambio, la institución parece conservar una presencia posterior: se vuelve al edificio, se buscan compañeros, se festejan aniversarios y se transmiten las historias a las generaciones siguientes.
Hasta puede aparecer una forma particular de orgullo: “somos de tal promoción”, “somos del Nacional”, “somos de la Anexa”, “somos del Albert Thomas”.
La identidad escolar queda incorporada a la identidad personal.
Por eso quizás alguien de afuera podría mirar una mesa de veinte personas, todas con canas, escuchando por enésima vez la historia de una travesura ocurrida en 1978, y preguntar sorprendido:
“¿Pero ustedes todavía se juntan con los compañeros del colegio?”
La respuesta platense probablemente sea bastante sencilla:
“Sí. ¿Y ustedes no?”
No alcanza todavía para declarar a La Plata capital nacional de los reencuentros escolares. Haría falta comparar sistemáticamente la frecuencia y duración de estas reuniones con las de otras ciudades argentinas.
Pero quizás tampoco sea necesario esperar una estadística para reconocer algo: en La Plata hay una manera muy particular de no terminar nunca de egresar.


