Hoy es el Día del Colectivero, pero en La Plata bien podría ser el Día del Micrero. Porque acá, desde hace casi un siglo, el “micro” forma parte del lenguaje cotidiano de varias generaciones de platenses: se espera el micro, se toma el micro, se pregunta qué micro pasa y se sabe de memoria qué línea lleva hasta el barrio, la facultad, el trabajo o el centro.
El 24 de septiembre de 1928, un grupo de taxistas porteños decidió buscar una alternativa ante la caída de pasajeros (casas más, casas menos…) y puso en marcha un servicio que terminaría cambiando para siempre la movilidad argentina: el colectivo. Aquellos primeros vehículos eran autos modificados que podían llevar unos pocos pasajeros y recorrían trayectos determinados.
Tres años después, aquel invento que había nacido en Buenos Aires ya tenía una historia propia en La Plata.

Según registros históricos locales, el 22 de noviembre de 1931 la Empresa Argentina de Ómnibus inauguró el primer servicio de transporte automotor y colectivo de pasajeros de la ciudad. La documentación sobre la regulación municipal ubica, a su vez, en 1934 los primeros permisos para explotar servicios de transporte colectivo. Desde entonces, la cantidad de líneas comenzó a multiplicarse.

“De Berisso al Cementerio”, en colectivo
Uno de los recorridos más recordados de aquella primera etapa fue el de la línea 5, que unía Berisso con la Estación del Ferrocarril Provincial y posteriormente extendió su recorrido hasta el Cementerio de La Plata, por gestión de su propietario y principal impulsor, Francisco Natale.
El recorrido tenía aproximadamente 38 kilómetros y permite entender hasta qué punto el colectivo comenzó a funcionar como una pieza de integración regional.
El micro pasaba por lugares fundamentales de aquella época: los frigoríficos de Berisso, la Destilería Fiscal de Petróleo, las facultades de Agronomía, Veterinaria y Medicina, las canchas de Gimnasia y Estudiantes, el Colegio Nacional, la Facultad de Ingeniería, la Estación del Ferrocarril Sud, la Casa de Gobierno, el Pasaje Dardo Rocha, la Legislatura, el Teatro Argentino, la Municipalidad, la Catedral, el Parque Saavedra y las estaciones ferroviarias, antes de llegar al Cementerio.
Era una especie de mapa móvil de la ciudad y de la actividad productiva que empezaba a consolidarse alrededor de ella.

El colectivo vence a una ciudad pensada para el tranvía
La aparición de los micros tuvo una particularidad en La Plata: la ciudad ya contaba con una importante red de tranvías, que desde fines del siglo XIX había organizado buena parte de los desplazamientos.

Por eso, durante sus primeros años, colectivos y tranvías convivieron y compitieron por los pasajeros. Entre 1934 y 1940 se crearon más de veinte líneas de colectivos por iniciativa privada, con recorridos autorizados por la Municipalidad.
Pero el colectivo tenía una ventaja decisiva: no necesitaba vías.
A medida que La Plata crecía más allá del cuadrado fundacional, el transporte automotor comenzó a penetrar en zonas hacia las que los sistemas guiados no llegaban con facilidad.
Los recorridos alcanzaron localidades y áreas como Olmos, Etcheverry, Abasto y Villa Garibaldi, mientras también se consolidaban las conexiones con Berisso y Ensenada.
Investigaciones de la Universidad Nacional de La Plata señalan que esa expansión residencial fuera del casco fue uno de los factores que fortaleció el papel del colectivo frente al tranvía.
Cuando el micro empezó a escribir la historia de los barrios
La transformación no fue inmediata. Durante las décadas de 1930, 1940 y 1950, tranvías, colectivos, trenes y automóviles compartieron el movimiento cotidiano de una ciudad que empezaba a convertirse en una verdadera Región Capital.

A fines de los años 50, La Plata ya estaba formando una unidad funcional cada vez más estrecha con Berisso y Ensenada, mientras crecía la periferia residencial hacia Gonnet, City Bell y Villa Elisa y se consolidaban actividades industriales y agropecuarias en Los Hornos, Melchor Romero, Olmos, Abasto y Etcheverry.
En ese proceso, el colectivo se consolidó como bastante más que un vehículo de movilidad
Fue una herramienta para que una persona pudiera vivir en un barrio alejado, trabajar en el centro, estudiar en una facultad, llegar a una fábrica, acercarse a una estación ferroviaria o cruzar desde Berisso hacia La Plata.
La historia del transporte también terminó marcando el ocaso del tranvía. En 1948, la Municipalidad decretó la caducidad de las concesiones de las compañías tranviarias y creó la Administración General de Transporte de Pasajeros. Con la expansión urbana y el crecimiento de los recorridos automotores, los colectivos fueron ganando protagonismo.
El tranvía platense resistió todavía casi dos décadas. El último viaje se produjo en 1966, cuando la ciudad terminó de cerrar una etapa de su historia del transporte.
Una historia que todavía circula
Por eso, cada 24 de septiembre, el Día del Colectivero puede leerse en La Plata de una manera particular.
La fecha recuerda un invento que nació en Buenos Aires en 1928. Pero apenas tres años después, aquel modo de transporte ya comenzaba a recorrer las calles platenses y, durante las décadas siguientes, se convirtió en uno de los instrumentos que acompañaron el crecimiento de una ciudad que dejó de terminar en su cuadrado fundacional.
Desde los primeros ómnibus de la línea 5 hasta los recorridos que hoy atraviesan La Plata, Berisso y Ensenada, hay casi un siglo de historias cotidianas: trabajadores que madrugan, estudiantes que cruzan la ciudad, vecinos que esperan en una esquina y choferes que conocen cada calle.
El colectivo nació como una solución improvisada para transportar pasajeros. En La Plata terminó convirtiéndose en parte de la historia urbana.


