Y aunque no tenga su mejor día, aunque erre un penal o no gane un mano a mano, sigue siendo el mejor. Siempre. Lionel Andrés Messi, con 39 años recién cumplidos, volvió a ser clave para la Selección Argentina en un partido que le era totalmente adverso y donde parecía no haber margen para la recuperación.
Esta vez, el capitán argentino volvió a fallar desde los 12 pasos, como lo hizo ante Jordania. Un golpazo para la Scaloneta que ya perdía 1-0 y que no estaba llegando con claridad. Un cimbronazo en el Estadio que se sintió en Argentina y comenzó a torcer la tarde del capitán.
Como ya es costumbre, el #10 no se achicó ni se escondió, siguió siendo la referencia de ataque pero le faltó precisión. Pases largos, controles imperfectos, definiciones erróneas y más situaciones similares impropias de él. Por supuesto, al mismo tiempo, una doble y hasta triple marca pegajosa que no lo dejó solo ni un segundo.
Para colmo, en el complemento Egipto marcó el segundo y el equipo entero, no solo Messi, se quedó sin respuestas, casi derrotado. Pero allí apareció el corazón y la rebeldía, la competitividad en su máxima expresión y el hambre de gloria, incluso después de la gloria. Argentina se envalentonó y encontró el su capitán la llave de la remontada.
Primero con una enorme asistencia a Romero, dejándolo solo para un cabezazo letal. Luego, con un zurdazo inatajable y un grito desaforado para empatar el partido. Un grito que retumbó en todo el país como un verdadero estallido de desahogo.
Messi no solo se recuperó del bajón que sufrió durante gran parte del partido, sino que se convirtió en una pieza clave para el triunfo. Además, continuó agigantando su historia y sus números en la Selección y en el Mundial. Llegó a 21 goles mundialistas, convirtió su octavo tanto en esta edición y lleva ya nueve partidos consecutivos marcando. Una verdadera leyenda.


