La puesta en órbita de un nuevo artefacto científico de manufactura nacional redefinió la presencia de la educación pública argentina en la vanguardia aeroespacial global. Coordinado por la ingeniera aeroespacial Sonia Botta, el proyecto USAT-1 representa la concreción de una plataforma propia desarrollada íntegramente en los talleres e institutos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). En dialogo exclusivo para Lado P de Infocielo Play cuenta sobre su experiencia en la industria aeroespacial.
La estructura del satélite desafía las nociones tradicionales del desarrollo espacial por sus dimensiones reducidas. “Es tan pequeño, imagínense 10 por 10 por 34 centímetros: es un pan lactal, básicamente”, gráfica Botta al describir el formato del CubeSat. Debido a su escala, el artefacto requirió de un mecanismo específico de transporte: “No puede ir directamente agarrado al lanzador, al cohete. Vamos dentro de una caja que se llama dispensador, de una empresa española fundada por argentinos llamada Warks, que nos actúa de ‘agente de viajes’ porque nos coordinó todo con el lanzador”. El vehículo de puesta en órbita fue el cohete Falcon 9 de la compañía SpaceX. “Elon Musk es el dueño de la ‘aerolínea’, vos a Elon Musk le pagás y volás, él te lleva”, explica con llaneza la investigadora.
El corazón operativo del USAT-1 alberga una carga útil de alta precisión desarrollada por la propia universidad. “Terminamos volando con una carga útil que es un receptor GPS, el mismo tipo de receptor que uno tiene en el celular, desarrollado enteramente por el grupo SENIT (Sistemas Electrónicos de Navegación y Telecomunicaciones) de la Facultad de Ingeniería”, precisa Botta. La misión tiene un propósito metodológico clave, “demostrar que todo eso funciona hace que nosotros tengamos algo que se llama ‘herencia de vuelo’ que no es otra cosa que horas de vuelo, volamos y funcionamos en el espacio, y a partir de ese momento podemos empezar a ofrecer estos componentes a otras misiones”.
El seguimiento del artefacto se realiza desde la estación terrena de la UNLP ubicada en la calle 1 y 47 de La Plata. “El satélite da 16 vueltas a la Tierra por día, nosotros podemos detectarlo desde que está a 10 grados por encima del horizonte”, detalla Botta, destacando que el desarrollo consolida el posicionamiento internacional del país. “Con esto que estamos haciendo estamos posicionando a la Argentina en esta nueva industria de pequeños satélites —definidos técnicamente como menores a 180 kilos—, que es la de mayor crecimiento a nivel global”.
“El desafío fue más administrativo y burocrático que técnico”
Detrás del logro científico se despliega la compleja trama del trabajo colectivo e interdisciplinario dentro del ecosistema universitario público. El equipo a cargo de la misión combinó la experiencia de investigadores formados con el empuje de la masa estudiantil: “Aproximadamente el 50 por ciento de nuestro equipo eran estudiantes avanzados de la carrera, tuvimos colaboración del Centro Tecnológico Aeroespacial (CTA), el SENIT, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para los paneles solares, el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) para los ensayos de antenas y la CONAE”.
Al analizar las mayores dificultades atravesadas a lo largo de los cinco años de desarrollo activo, Botta desmitifica la complejidad del laboratorio frente a la traba documental, “como ya teníamos muchas capacidades tecnológicas, fue más burocrático y administrativo que técnico. La parte técnica es supercompleja porque hay que sobrevivir al espacio y al lanzamiento, pero no dejamos de ser una facultad de ingeniería con profesionales de primera”, explica la ingeniera. Poniendo el foco en que “el problema fue todo lo que fueron las importaciones, los permisos para exportar, el papelerío, los pagos. El ingeniero en general no se lleva bien con los papeles; el ingeniero es más ‘dame trabajo, dame algo tangible’”.
La financiación de la iniciativa combinó recursos propios generados por la universidad y aportes institucionales directos, “las becas y los materiales fueron financiados por el Centro Tecnológico Aeroespacial de la UNLP con fondos propios, a través de proyectos que hacemos a terceros, y parte del lanzamiento se financió desde el Rectorado de la Universidad que apostó a que pidiéramos volar al espacio”. Esta estructura se apoyó en inversiones estatales históricas previa. “Todas las instalaciones que estamos usando están en la universidad gracias a proyectos anteriores de otra manera no hubiéramos tenido esa infraestructura”.
La labor de la UNLP ya cuenta con el aval de las principales agencias espaciales del mundo, tras haber liderado previamente la ingeniería del satélite Atenea en la misión Artemis de la NASA. “NASA nos reconoce como un proveedor certificado de partes de pequeños satélites. La diferencia es que a Elon Musk le pagás y volás, pero la NASA te tiene que seleccionar primero. Al ser una misión tripulada, tenés que cumplir con estándares de seguridad que no son típicos de estos pequeños satélites”.
Mirando hacia el futuro, el equipo ya trabaja simultáneamente en dos nuevos desarrollos: el proyecto Alfa Crux —diseñado para postular a un nuevo vuelo con la NASA— y el USAT-2. Sobre las metas lejanas de la exploración espacial y la posibilidad de enviar seres humanos a Marte, Botta concluye con cautela profesional: “Hoy lo veo lejano, estamos a 20 o 30 años. Si mandásemos a alguien hoy a Marte no estamos seguros de si llegaría con vida por temas de radiación y clima espacial; todo esto que hacemos aporta a ese objetivo final”.
“Comencé a trabajar como ingeniera gracias a las becas de la UNLP”
El recorrido personal de Sonia Botta cristaliza el valor de la movilidad social ascendente y el fomento vocacional garantizado por la universidad pública. Criada en la localidad bonaerense de Berazategui, su fascinación por el cosmos comenzó a una edad muy temprana a través de una publicación infantil en los años 2000, “en el año 2004, cuando tenía 10 años, llegó a Saturno una sonda que se llamó Cassini y envió imágenes en alta resolución por primera vez de los anillos. Salió en la revista Genios, que sacaba un suplemento de ciencia y dejaba un link a una página web“, cuenta la ingeneniera.
Mientras agrega, “estamos hablando de la época donde uno le pedía permiso a la mamá para conectar internet porque perdías el teléfono de línea. Tarda unos 20 minutos en descargarse cada imagen para verlas en alta resolución. Me quedé fascinada y dije: ‘Es por acá’”.
En 2012 ingresó a la Facultad de Ingeniería de la UNLP, formando parte de una camada numerosa impulsada por el boom del satélite argentino SAC-D. En un ámbito tradicionalmente masculinizado, la presencia femenina se fue consolidando, “al final de la carrera terminamos más o menos un 25 por ciento de mujeres, un número bastante mayor a lo que se suele ver”.
Su inserción la práctica profesional de alta exigencia ocurrió antes de graduarse gracias al sistema de contención e incentivo de la casa de estudios, “la Facultad de Ingeniería tiene becas para otorgarle a los estudiantes para que trabajen en sus centros de investigación y puedan empezar a formarse profesionalmente. Para mí es una de las cosas más provechosas que tiene la carrera“.
Botta explica la delicada tarea de equilibrar las condiciones ambientales extremas a las que se somete un dispositivo en órbita: “El espacio es muy hostil: cuando estás al sol levanta temperaturas altísimas y cuando estás en la sombra proyectada por la Tierra estás a temperaturas debajo de los 260 grados bajo cero, casi en el cero absoluto”. Para evitar que la electrónica colapse, la ingeniería de control térmico debe actuar en sentido inverso: “Es una cuestión de balancear el calor propio que generan las computadoras a bordo para mantenerse ‘calentito’ en la sombra sin sobrecalentarse cuando da el sol”.
Tras completar una maestría en Sistemas de Exploración Espacial en la Universidad de Leicester (Reino Unido), Botta regresó al país para impulsar los proyectos satelitales propios de la UNLP. “Formar gente con este tipo de estándares en la industria espacial —que son los más altos del mundo— es devolverle algo a la sociedad. La universidad pública argentina está recontra bien posicionada”, remarca al fundamentar el sentido social de la investigación soberana.


