Una radio porteña.
Una línea editorial reconocible.
Un posible dial rosarino.
Y política.
Mucha política.
El nombre que aparece alrededor de la frecuencia es el de Daniel Mariatti, histórico hombre de la radio local y vinculado desde hace años a Red TL 105.5. Su relación con el dial rosarino no es una leyenda urbana: figura incluso en registros oficiales de medios de la provincia.
La versión indica que una frecuencia relacionada con su estructura podría servir de plataforma para la llegada de Futurock.
Pero acá aparece el primer freno de mano.
No existe hasta el momento una confirmación pública de ese acuerdo.
Hay comentarios.
Hay conversaciones.
Hay ruido de pasillo.
Y hay una diferencia bastante importante entre una versión y una escritura firmada.
En periodismo suele ser saludable recordarla.
Cuando entra la política, sube el volumen
El asunto empieza a ponerse bastante más jugoso cuando aparece otro nombre: Juan Monteverde.
Monteverde es concejal de Ciudad Futura y tiene mandato hasta diciembre de 2029. Su espacio mantiene cuatro bancas en el Concejo Municipal rosarino.
En el ambiente también circula la posibilidad de que sectores vinculados a ese espacio político tengan participación en el eventual proyecto local.
¿Está confirmado?
No.
¿Puede afirmarse hoy que Ciudad Futura manejará Futurock Rosario?
Tampoco.
Pero si alguna de esas versiones se transforma en realidad, será un dato demasiado importante como para esconderlo detrás de una cortina musical.
Porque una cosa es una radio con ideología.
Otra muy distinta es un espacio político haciendo radio sin dejar demasiado claro quién sostiene el micrófono.
Y ahí aparece la pregunta que probablemente sea mucho más atractiva que cualquier separador artístico:
¿Llega Futurock o desembarca Futukuka?
No es precisamente una radio de ascensor
Futurock tampoco cultiva demasiado el misterio editorial.
Su programación 2026 incluye a Julia Mengolini, Werner Pertot, Malena Pichot, Alfredo Zaiat, Gabriel Sued, Leandro Renou y otros comunicadores vinculados al análisis político, económico y cultural. La emisora informa además que parte de su funcionamiento se sostiene con aportes mensuales de su comunidad de oyentes.
Es decir: identidad tiene.
Y bastante.
No hace falta llamar a Interpol para descubrirla.
Tampoco hay nada malo en eso.
Los medios tienen línea editorial.
Siempre la tuvieron.
El problema empieza cuando algunos venden objetividad en botella y, cuando uno mira la etiqueta, descubre que adentro había militancia con gas.
Una radio puede ser progresista, liberal, peronista, socialista, conservadora o devota de San Expedito.
Lo importante es que el oyente sepa qué está escuchando.
Porque una cosa es periodismo con posición.
Otra, bastante diferente, es propaganda con micrófonos caros.
¿Una radio o una unidad básica con consola?
Si Futurock finalmente desembarca en Rosario, el verdadero debate no debería pasar por escandalizarse por su ideología.
Eso sería demasiado fácil.
Las preguntas interesantes son otras.
¿Quién pone el dinero?
¿Quién administra la frecuencia?
¿Quién define la programación?
¿Habrá producción periodística rosarina?
¿Quién venderá publicidad?
¿Y qué vínculo real tendrá el proyecto con estructuras políticas locales?
Ahí está el corazón de la historia.
Todo lo demás es escenografía.
Porque si la radio termina siendo simplemente otra señal porteña retransmitida desde Rosario, tendremos el curioso fenómeno de una emisora local donde probablemente sepamos antes qué pasa en Palermo que en Pellegrini y Oroño.
Federalismo multimedia.
Una maravilla.
Y justo aparece 2027
Hay además otro detalle que sería ingenuo ignorar.
El calendario.
Rosario ya comenzó a moverse políticamente pensando en 2027.
En ese contexto, cualquier desembarco comunicacional vinculado —real o supuestamente— con dirigentes políticos será observado con lupa.
Eso no demuestra absolutamente nada.
Pero obliga a preguntar.
Y preguntar sigue siendo una de las pocas costumbres que todavía diferencian al periodismo de un grupo de WhatsApp.
Si detrás del proyecto aparece finalmente Ciudad Futura, habrá que contarlo.
Si no aparece, también.
Si Mariatti entrega una frecuencia, habrá que confirmarlo.
Y si Futurock aterriza sin ninguna de esas conexiones, mejor todavía: se terminará la novela.
Hasta entonces, hay ruido.
Y bastante.
¿Futurock o Futukuka?
La respuesta todavía no existe.
Por ahora hay una radio porteña con identidad política definida, un empresario históricamente vinculado al dial rosarino y versiones que incorporan a dirigentes locales.
Nada más.
Pero tampoco nada menos.
La radiofonía rosarina ha visto cambiar nombres, dueños, formatos y frecuencias durante décadas.
Algunas emisoras nacieron como proyectos periodísticos.
Otras terminaron siendo repetidoras.
Y algunas confundieron tanto el estudio con la política que faltaba poner una urna al lado del operador.
Por eso no hace falta buscar fantasmas detrás de cada antena.
Pero tampoco conviene hacerse el distraído.
Si Futurock llega, bienvenida sea una nueva voz.
Después habrá que mirar quién la financia, quién la conduce y qué pretende hacer con ella.
Porque al final una radio puede llamarse Futurock.
Puede llamarse Futukuka.
Puede cambiar de frecuencia, de estudio y hasta de logo.
Lo único que el dial nunca consigue esconder demasiado tiempo es para quién termina sonando.


