En la Argentina coexisten dos realidades brutales que chocan de frente, por un lado, una masa de alimentos aptos para el consumo que termina sistemáticamente en la basura; por el otro, miles de familias en los barrios populares que hacen milagros cotidianos para sostener un plato de comida en la mesa.
Detrás de cada alimento que cada día llega a la mesa existe un recorrido invisible cargado de trabajo, agua y recursos naturales. Sin embargo, en Argentina, hasta un tercio de todos los alimentos producidos se pierde o se desperdicia a lo largo de las distintas etapas de la cadena alimentaria, desde la producción primaria hasta el consumo final. Así lo revela un alarmante informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Estos indicadores que le atribuyen grandes desperdicios por persona al año en los hogares, contrastan con los indicadores socioeconómicos muestran una pobreza infantil que golpea a más del 50 por ciento de las infancias y adolescencias. Con la pobreza subiendo, esta paradoja transforma el dilema del desperdicio en algo mucho más grave que una falla logística o un mal hábito doméstico, lo convierte en un síntoma directo de la brecha de desigualdad y soberanía alimentaria.
Entre el derroche y la calidad nutricional
El impacto del problema cobra una magnitud abrumadora cuando se observa la rutina cotidiana dentro de los hogares. “En nuestro país, cada persona tira en promedio 38 kilos de comida apta para el consumo durante todo el año”, señala el licenciado en Nutrición (MP 4940), Franco Monnerais, matriculado en el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires.
El especialista detalló, además, cuáles son las principales víctimas del tacho de basura, “los grupos de mayor descarte doméstico corresponden habitualmente a productos de alto valor nutricional, frutas y verduras frescas, lácteos y panificados”.
Esta problemática no es exclusiva de la Argentina, sino que se extiende como una sombra a nivel global. Cada año, en el mundo se tiran a la basura aproximadamente 1.300 millones de toneladas de comida en buen estado. Según estimaciones de la FAO, cerca del 14 por ciento de los alimentos producidos en el planeta se pierde entre la cosecha y la distribución; en tanto, un 17 por ciento adicional termina desperdiciado en la etapa de venta al por menor y en los propios hogares.

Claros matices de un mismo problema: Pérdida vs. Desperdicio
Para entender las causas del fenómeno, es fundamental trazar una diferencia técnica clave, la pérdida de alimentos, se debe principalmente a fallas técnicas, problemas logísticos, deficiencias de infraestructura o condiciones climáticas adversas. Ocurre en las primeras etapas y reduce la cantidad o calidad del producto antes de que llegue a manos del consumidor.
En tanto, el desperdicio de alimentos se refiere a los que eran plenamente aptos y seguros para el consumo humano, pero que terminan descartados por decisiones o motivos completamente evitables en la etapa final, tales como compras excesivas, errores de planificación, mala conservación o simples criterios estéticos. De esta manera, la combinación de pérdida y desperdicio se consolida como un desafío crítico para la sostenibilidad y la soberanía alimentaria a nivel global.
Sensible a esta realidad, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 29 de septiembre como el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una fecha destinada a visibilizar la gravedad de la situación e impulsar soluciones concretas en todos los planos.
La urgencia del hogar: Pautas para frenar el descarte de comida
Además de abogar por la educación y la concientización sobre la importancia de valorar cada recurso, desde el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires promovieron una serie de recomendaciones prácticas para aplicar de inmediato en los hogares.
En principio, la planificación consciente que consiste en verificar qué alimentos hay en la casa antes de hacer las compras, armar una lista en función de comidas posibles y adquirir productos con una intención concreta de consumo. La heladera como principal aliada, bajo el principio de que lo primero que entra es lo primero que se consume.
Recomiendan, desde el colegio de nutricionistas bonaerense, su uso eficiente, ubicar los productos según sus requerimientos de temperatura: alimentos cocidos y sobras (estantes superiores), lácteos y huevos (estantes medios), carnes en recipientes cerrados (estante inferior) y frutas y vegetales (cajones). En cuanto al freezer y conservación, explican que es necesario rotular con fecha las preparaciones que se congelan, blanquear los vegetales antes de ingresarlos al freezer y descongelar siempre dentro de la heladera. Además, sostienen una campaña de aprovechamiento integral y consumo seguro a través de recetas “comodín” que posibiliten reutilizar sobras (salteados, tortillas, sopas, croquetas) e incorporar partes no convencionales como tallos, hojas o cáscaras limpias. Además, se recuerda que las sobras deben refrigerarse en menos de 2 horas y recalentarse completamente a alta temperatura una sola vez.
Un desafío ambiental, social y profesional
Cuando el acceso a la comida se vuelve inestable, las primeras y principales víctimas son las infancias. La escasez de alimentos en los hogares en situación de vulnerabilidad produce un fenómeno silencioso y destructivo, la malnutrición por privación de calidad. En este sentido, reducir las pérdidas y el desperdicio resulta imperativo, pero requiere de la responsabilidad compartida que involucra a productores, distribuidores, comerciantes y consumidores en relación con el estado. En su pronunciamiento, el Colegio de Nutricionistas bonaerense remarcó la urgencia de abordar el problema mediante la educación y las políticas de Estado, entendiendo que el fenómeno atraviesa de lleno las dimensiones ambiental, económica y social.
Cuando los alimentos se pudren en basurales o vertederos, su descomposición libera potentes gases de efecto invernadero: a nivel global, la pérdida y el desperdicio alimentario explican entre el 8 y el 10 por ciento de las emisiones mundiales. Frenar esta inercia no solo permitirá optimizar los recursos agrícolas y económicos, sino que abrirá la puerta a un sistema más eficiente y equitativo, capaz de garantizar el acceso a alimentos nutritivos en un mundo que busca, con urgencia, saldar sus deudas con el planeta y con los más vulnerables.


