La despedida de Eduardo Domínguez de Estudiantes todavía retumba en los pasillos de UNO. No solo por lo que significó su impresionante estadía, con cinco títulos en casi tres años, sino también por lo intempestivo de su salida: inesperada, impensada y difícil de digerir por el momento en que se produjo.
Apenas pitó el árbitro el final del partido, la escena fue de película. Ingresaron las cinco copas al campo, los jugadores lo despidieron en modo campeón y la gente lo ovacionó como pocas veces se vio en 1 y 57. Él, al borde del llanto, se limitó a agradecer. Pero lo que la mayoría no vio fue lo que ocurrió después, cuando el estadio empezó a vaciarse.
La despedida de Domínguez, parte II
Mientras Facundo Sava hablaba en conferencia de prensa, las luces del estadio se encendieron exclusivamente para que Domínguez regresara al campo junto a su familia y se sacara fotos íntimas sobre el césped. A ese momento se sumaron trabajadores del día a día del club y Marcos Angeleri, uno de los hombres fuertes del fútbol albirrojo.




En esas imágenes hubo una ausencia que no pasó inadvertida: no participaron dirigentes, ni siquiera los más cercanos al entrenador. Puertas adentro, el malestar por la decisión de marcharse en este momento era evidente. De hecho, el ingreso de las copas fue una iniciativa de los propios futbolistas. El club no le entregó ninguna plaqueta conmemorativa y solo realizó una mención formal a su recorrido institucional.

Tras la sesión fotográfica llegó la conferencia de prensa, de la que el entrenador se retiró, insólitamente, aplaudido. Está claro que el reconocimiento de los hinchas era esperable. Lo llamativo fue el clima casi festivo incluso en ese ámbito más protocolar.
El cierre de la noche tuvo un tono aún más emotivo. El personal de seguridad montó un corralito especial para ordenar la salida del plantel y evitar desbordes. Cerca de las 21:30, Domínguez salió, se detuvo a firmar y sacarse fotos con decenas de hinchas que lo aguardaban, mientras su esposa Brenda —con camiseta de Estudiantes— acompañaba la escena.

Así terminó el último capítulo del ciclo del Barba: con el cariño intacto de los hinchas y jugadores, cinco títulos en la mochila y un fuerte enojo dirigencial que explica por qué la despedida tuvo aplausos en la tribuna, pero frialdad en los palcos.

